EL RINCÓN
La claraboya
Todos tenemos una íntima ventana en el techo para asomarnos al exterior. La llamamos curiosidad y se va entornando a medida que pasan los años. Cuando se llega a viejo casi se cierra o quizá sea que sólo da al interior que, aunque esté muy visto, no deja de sorprendernos. Lo curioso es que a la gente que tiene toda la vida o casi toda por delante le importe tanto cómo viven los demás. Se informa del dinero que le ha costado divorciarse a Dimitri Rybolovlev, que se hizo multimillonario tras la caída de la Unión Soviética y se fue a Mónaco, donde adquirió un equipo de fútbol. A muchos nos trae sin cuidado su peripecia sentimental, pero para las revistas del corazón y de la ingle constituye una mina. Quieren saber muchos lectores el dinero exacto que le pasará a su exmujer. A otra escala, más modesta, también hay entre nosotros muchas personas que desean saber la cantidad que ha pagado a Hacienda Montserrat Caballé para evitar ir a juicio.
No todas las curiosidades son malsanas ni mucho menos, pero abundan las personas a las que le sienta mal digerir el triunfo ajeno y cuando cae en desgracia la figura admirada lo pasan en grande. Hay que estar muy desocupado para ocuparse tanto de lo que les pasa a quienes no conocemos.
Horacio, que sin duda sabía que iba a pasar a la posteridad, llama a los curiosos y dados a habladurías «parleros o indiscretos», pero hay que reconocer que estos detectives desinteresados se divierten más que nadie. Desde su claraboya divisan el mundo con solo conectar ciertas emisoras o adquirir determinadas revistas.
Digamos en su disculpa que no le hacen daño a nadie, ni siquiera se lo desean, pero gozan enterándose de sus cuitas. Peor lo pasan los que no se pierden algunos debates políticos televisivos. Sus protagonistas dejan un recuerdo olvidable. Simulan llevarse muy mal y discrepan a gritos, pero todos se llevan algún dinerín, a tanto el decibelio. Mejor eso que preocuparse por el deshielo de la Antártida, que dicen los sabios que tiene los siglos contados.