LEÓN EN VERSO
Favea, favea
Sabían todo lo que iba a pasar. Ahí estaba el twitter, desbordado por la evidencia de la olla en el fuego de la calle, que no se puede atenuar ni con ciento cuarenta caracteres. Al contrario, se acentúa la presión. El tuiti, que dijo el pedáneo de Oteruelo cuando en las últimas locales un grupo de escribas y fariseos lo fiaron todo a las redes sociales y estazaron el coche del cambio embriagados de éxito virtual, tiene ahora más poder que el poder (si se puede recurrir al infinitivo de un verbo que conjugado en primera persona del plural del presente del indicativo es igual que mentar la bicha; si es correcto lo de bicha, que bien pasó por ser el último refugio que le quedaba al Húmedo del desembarco de la modernidad y las despedidas de soltero). Del twitter de León quedamos huérfanos el día que dejó de latir el perfil del mrpib enfurecido, una fuente tan brillante de ironía y sorna que se llegó a poner en duda que se hubiera hecho el carné en la comisaría de Villa Benavente a no ser porque tenía encajes deslumbrantes para cada girón que retrata a la sociedad leonesa en la calle. Estaba todo a pie de acera. No lo vieron porque miraron a otra parte. Abres el twitter y lo tienes todo a mano. Las nuevas tendencias, los cool hunter de la ideología, los poetas de la decepción, los cobardes que se refugian en perfiles anónimos para hacer frente a situaciones que no pueden mirar a la cara; profetas de la revolución, que cada día llaman a la guerra que ellos no van a hacer; trastornados también, pero incapaces de robar la estadística al amplio ejército de observadores espléndidos que resumen y anticipan como nadie lo que pasa y lo que va a pasar. Con la liturgia del twitter basta para tener constancia del entorno. El twitter nos ha librado de filtros perniciosos que contagiaban la realidad, la noticia. Basta con una selección prodigiosa de perfiles para abanicarse a diario con la certeza sin cruzar los umbrales de asambleas y concejos; sin las charlas profundas de los ascensores y los chismorreos hirientes de chaflán y esquinas rotas. Twitter no es Nietzsche, pero concita consenso sobre cuestiones vitales capaces de sanar el alma en las horas más oscuras de la noche. Twitter es una pintada irreverente en el ordenador de la vida que emite desde hace unos meses señales de la emergencia social que contiene. Twitter descubrió el error del mensaje: era en la buena dirección, pero en sentido contrario. Por eso lo petaron.