TRIBUNA
La victoria del esquema
Al final te derrotó la envidia, la inquina y la estupidez. Toda la vida luchaste por hacerte un lugar en una sociedad enceguecida por la juventud y la belleza. Tus medios eran ásperos porque, es de suponer, tus experiencias de niña fea lo fueron. Nunca las detallaste, pero tus gestos mostraban la dolorosa rebelión, que quedó marcada a fuego en tu inconsciente, de todos aquellos días en que la mirada y la mente inocente no entendían la conmiseración o incluso el rechazo.
Enseguida comprendiste que solo luchando a brazo partido ibas a conseguir abrirte camino. Tu inteligencia y tenacidad iban apartando los necios obstáculos que un entorno machista, déspota e impositivo colocaba a tu paso. Dejaron de reírse y pasaron a temerte. Seguramente nunca te valoraron como merecías ni te respetaron, porque no eras de trato suave —como parece obligado en una mujer— y, además y sobre todo, no estabas dentro de los cánones rígidos e inamovibles de la enfermiza estética imperante. Nadie se paró, ni por un momento, a comprender tus motivos. Además de la falta de armonía de tu rostro eras demasiado baja, por lo que, sin salidas de tono, con algún que otro grito incluido, no te habrían visto siquiera.
Lo lograste. Conseguiste hacerte oír y encontrar un espacio. Nadie fue capaz de enfrentarse a ti; no porque admitieran o admiraran tus capacidades, porque temían tus explosiones de niña triste, que arrastraba un dolor cotidiano por no medir 1,70, que es lo mínimo que toda mujer que se precie debe alcanzar para que los hombres que la rodean le permitan sobrevivir y, en un derroche de generosidad, hasta darle un puesto de cierta responsabilidad, en el que, sobre todo, por encima de sus capacidades, debe lucir palmito.
El asombro se extendió a tu alrededor. ¿Cómo era posible que una mujer «así» triunfara? Tú seguías marchando a codazos por la vida; pero no se juzgaban ni tu obra ni tus logros, solo tu aspecto y la aspereza de tu trato. Sin desmayo, seguías imponiendo a la pequeña pueblerina que nunca se resignó a su destino. Y, al final, fuiste derrotada por la tontería, disfrazada de tragedia griega. Alguien que, con muchos menos talentos que tú, basándose solo en su asombro de «hija de papá» consentida, que siempre lo tuvo todo y a la que una vez más plantaste cara —ignoro si de forma justa, o no tanto, pero da igual—, no estaba dispuesta a que nadie le negara un capricho, y sabiendo que no podría derrotarte de frente, lo hizo —presuntamente— por la espalda, al igual que todos los miserables que siempre permanecieron callados ante tus bufidos y ahora, utilizando los corrillos callejeros o la Red —la cual parece haberse convertido en su prolongación y en la que además no es preciso dar la cara— insultan tu cadáver, como es de suponer hicieron a la pequeña que no entraba en los cánones impuestos. Esa es su altura moral; te apuñalan por la espalda o esconden la cara tras las mal llamadas redes sociales y, protegidos por las sombras, hacen pintadas en el lugar de tu muerte.
Nunca hablé contigo y solo te conocía por los comentarios que se hacían de ti, por tanto estas conjeturas son únicamente a título personal. Tampoco te debo ningún favor, al contrario que muchos que ahora callan o te niegan; quizá por eso, con la libertad que me da la relativa independencia de la que algunos disfrutamos, defiendo tu empeño por crecer, a pesar de la carga casi imposible de llevar con la que naciste, y con la que estoy segura te lastraron. Me conduelo también con aquellos que pudieron sufrir tu ira, a veces injusta.
No voy a juzgar tus logros ni tus métodos, y mucho menos tus errores que, como cualquier humano —los que ladran a tu sombra también—, todos cometemos. Solo deseo que en el lugar en que ahora te encuentres midan a las personas, o almas, o espíritus, o lo que sea, por distintos raseros de los que nosotros empleamos, y que allá encuentres, al fin, la paz que aquí no te concediste porque el entorno te la negó, o tú creíste que lo hacía.