Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Humillación fue la palabra más empleada por los periódicos, incluido este, para definir el 5-1 que nos metió Holanda. Nuestra roja no nos dio muchas ocasiones de hacer la ola. Aún así, humillación me parece una palabra demasiado rotunda, dejémoslo en humilladines, que resulta muy de la tierra. Vi el partido en un bar próximo a la Catedral. Sufrí con la goleada, pero en sus justos términos, no tanto como cuando me llega el recibo de la luz. La última vez que recuerdo haberme sentido humillado por algo relacionado con el honor colectivo fue cuando, en 2008, mandaron a Chiquilicuatre a representarnos en Eurovisión. Y también un poco al leer, la misma tarde del partido, que en algunas redacciones de Estados Unidos ya están utilizándose robots capaces de escribir un texto sencillo. Me dije: «O sea, un día en Diario de León meterán en la base de datos de un androide mis palabras más frecuentes —Eva Mendes, Paquirrín, mi señora, Real Madrid— y redactara él solito un Al trasluz sobre la crisis del petróleo en el Golfo Pérsico, por ejemplo. Y concluí: «Ay, además de darme el puntapié me pedirán unas lonchas de ADN para crear mi versión mejorada». Un poco humillante, qué duda cabe. Pero enseguida me consolé: «Menos mal que aquí los adelantos nos llegan con retraso».

Ya de regreso a casa escuché por la calle una conversación entre un padre y su hijo de unos cinco años. Caminaban cabizbajos por Gran Vía de San Marcos. «Papá, ¿a que el fin del mundo queda muy lejos?». Y él: «eso espero, hijo». Supongo que le consolaron «tranquilo, que no es el fin del mundo». Pero se quedó con la mosca tras la orejina. Pobre.

Tomarse muy a pecho un pésimo resultado en el Mundial, incluido el del caer en octavos, sería como humillar a quienes son los verdaderos humillados, todos aquellos a quienes la crisis ha dejado fuera de juego. En fútbol, lo adverso sólo nos puede dejar humilladines. Por su parte, la presidenta del Astorga, Sagrario González, encajó con nobleza la derrota ante el Laredo: «Sería una pena después de remar tanto, morir en la orilla». Bello juego de imágenes. Sabe que la pena —tanto en el deporte como en el amor— nunca resulta humillante, tan sólo es percepción de lo que pudo ser y no fue.

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