FRONTERIZOS
Fábula antes de cerrar
Ya hemos visto a los jabalíes cruzar de madrugada las avenidas de la Rosaleda. Alineados como jubilados alemanes a la puerta del bufé a la hora del desayuno, inspeccionando las obras en las glorietas antes de hozar por los sembrados del norte de Ciudad del Puente. Jabalíes prudentes que cumplen su tarea con aire funcionarial y en julio tienen un veraneo de clase media entre los robles que miran a Bárcena.
Hemos visto también a los corzos que bajan por las veredas del Pajariel a probar las cerezas de Rimor, que son probablemente las mejores del mundo. ¡No saben nada los corzos de este lado del Manzanal! Son corzos como anarco-republicanos que protestan por la coronación dándose un atracón por ese valle del oeste, todo cerezos y vino. Un valle que limita con la desembocadura del Oza, tan pequeño como ubérrimo, que es adjetivo exaltado, romántico, pereriano y modernista. Un valle en el que se pueden comer cerezas con la tricolor por mantel sin que aparezcan los antidisturbios.
Son más discretos los lobos, pero están. Dicen que este invierno se llevaron por delante a unos cuantos corderos por los altos pastizales de San Juan de Paluezas. Viven allí corderos ilustrados que se alimentan de la hierba que crece entre las ruinas de viejos castros. Corderos intelectuales que habían leído los relatos míticos de Gil y Carrasco y reflexionaban sobre este mundo y sus vanidades mirándose en el espejo del Lago de Carucedo, cuando se los merendó una pareja de lobos que iba camino de Castroforte de Baralla para trabajar en una novela de un tal Torrente. El zagal que pastorea el rebaño acaba de terminar un doctorado en Ciencias Políticas y está pensando en dejarse coleta y en liderar un rebaño más atento.
Pero de lo que se habla en la Comarca y más allá de sus ardientes fronteras es del oso. Al oso es difícil verlo, pero él no nos quita ojo. Ya se ha instalado por el Valle del Silencio y cualquier día baja a misa de 12 a la iglesia de Manzanedo de Valdueza.
Son ahora listos como el hambre los osos. Ya no son como aquel al que se enfrentó desarmado el Tío Perruca en los montes de Igüeña, seguramente en las umbrías de Pueblo Viejo, entre las aldeas abandonadas de Los Montes y Urdiales. Sobre un arroyo que sube a la Campona de Páramo del Sil pueden verse excelentes ejemplares de viejos cortines, fortalezas en las que proteger a las colmenas del goloso animal. Pero no hay manera. Los lugareños dicen que los osos de ahora usan escalera y no hay cortín ni muro que valga: mientras todo el pueblo contemplaba la humillación de la Roja vaciaron ellos las colmenas.
Jabalíes, corzos, lobos, osos... Alguien tendrá que hacerse cargo de todo esto ahora que toca cerrar.