Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Si algo nos han enseñado estos 40 años de democracia más heredada que conquistada, es que argumentar contra el estado político de las cosas, por muy filosóficamente que se haga, es como tirarle piedras al sol: un hermoso sinsentido poético. José Luis Cuerda, en Amanece que no es poco , lo fijó para la eternidad en ese final de la película donde el cabo Santo, al grito de «Yo no aguanto este sindios», vacía el cargador de su pistola contra la estrella de la tierra levantándose a contrapié por el oeste. La figura cinematográfica de ese memorable guardia civil, destinado en un pueblo salido de un cruce entre Alicia y André Breton, acostumbrado a todos los absurdos hasta ese instante, me ha venido a la mente al ser espectador de la canonización democrática de Pablo Iglesias, el chaval de la coleta, en las elecciones europeas que uno recordará siempre no tanto por la emergencia de Podemos como porque fueron las primeras de la historia en las que perdieron todos y además tuvieron que admitirlo.

Como la gastronomía, la política es un frágil equilibrio, un extraño don de poner en el puchero las materias y cantidades adecuadas para alcanzar ese guiso de sabor sublime que concita el aplauso unánime y sin resquicios de una mayoría de paladares. En el caso de Podemos, me parece, lo novedoso no está en el sabor sino en la presentación del plato. Proponen unas maneras de mezclar, un innovador modo de desempeñarse en la cocina. Puede que su vianda ni siquiera esté buena o que no nos sacie, pero ha entrado por los ojos, que ya se sabe que se llena antes el papo según el decir de las abuelas. El mensaje es viejo, probablemente demasiado, pero es nueva la retórica e incluso la sintaxis. El tiempo nos dirá si esa revolución de las formas era todo el menú o tan solo el entrante.

De momento, la España políticamente bipolar se ha despertado de su modorra de alternancia y los viejos partidos, olisqueando con sus trompas el cementerio de elefantes, han atisbado el vértigo prehistórico de sentirse mamuts desplazados hacia la sima de los huesos, y han tomado nota. Igual un nuevo mundo, ese que propone el cabo Pablo, no es posible por ahora, pero una nueva política sí. Una que actúe de afuera hacia dentro, como la crema hidratante sobre una piel quemada.

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