LEÓN EN VERSO
Vía de escape
León recibe el solsticio de verano con el codo empinado, entre tréboles de cuatro hojas y controles de alcoholemia. El trato social de las noches de desenfreno se ha mimetizado con la normalidad de tal forma que cualquiera que no haya venido de Marte, de Marte capital, se hubiera extrañado de recorrer el último amanecer las carreteras que circunvalan la ciudad sin sortear tantos puntos de verificación de consumo de alcohol. Una cosa lleva a la otra. Lo triste es que no se exhiba otro elemento de lucha para disuadir la epidemia: el consumo de bebidas alcohólicas creció entre los jóvenes de entre 14 y 18 años; 8 de cada 10 ha generalizado el uso; 7 de cada 10, en forma de atracón o borracheras frecuentes; la edad media de arranque se sitúa en 13 años; 6 de cada 10 reconocen que se han emborrachado alguna vez; con esta suma es fácil prever complicada la gestión de las unidades de hepatología y nefrología; por exceso de clientela. Y otras patologías que se derivan del abuso de sustancias como el alquitrán y el benzeno en los pulmones (más de un treinta por ciento de chavales consume tabaco de forma habitual) cannabis (evasión para un 25%) o sedantes, cocaína, alucinógenos, anfetaminas o heroína, repartidos en el completo menú de distracciones en las noches de ocio. La encuesta no aporta detalles más allá de la mayoría de edad, pero el cauce de las adicciones deja entrever que continúan tras la mayoría de edad. Se necesitaría un ejército de facultativos capaces de filtrar la alerta y controlar la devoción de esta generación por el pimple, que no deja de poner hoy en evidencia lagunas de atención a los jóvenes y ser semilla de drama mañana. Y la única respuesta son los guardias civiles; que no es poco. Un torquén de urgencia contra enajenados que llevan la muerte al volante. Conozco agentes que lo mismo acreditan un máster en trato con tragedias que elevan la excelencia de un monólogo del club de la comedia a base de anécdotas de chavales que se atreven a conducir cuando no están ni para tenerse en pie. La última es un guaje que después de llevar el soplido al 0.9 pedía ir a otro control en la zona, porque quería una segunda opinión, como si estuviera en el médico. Ayer volví a verlos en la ronda sur; embutidos bajo la bomber, apartados en el arcén; a la espera de la instrucción del delito. Eran unos niños cuando el primer cubata; y son unos niños al ir a ver al juez.