Diario de León
Publicado por
Elena Fernández Gutiérrez
León

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Sí, llegó, y con él llega la hora de hacer las reflexiones de este curso escolar 2013-2014 que desde mi punto de vista destaca, entre otras muchas, por dos cuestiones fundamentales:

a) La valía y paciencia incombustible del profesorado y del resto de las/os trabajadores de la enseñanza, a pesar del pesimismo y desidia de esta frustrante situación a la que nos ha conducido la vanidad de los últimos gobiernos, tanto a nivel europeo, como estatal, como autonómico. Y digo incombustible porque a pesar de los continuos varapalos e insultos de nuestras/os máximos gobernantes en materia educativa (recordar, sin ir más lejos, las constantes declaraciones de Monserrat Gomendio: «Los profesores hacen huelga porque tienen un trabajo asegurado»; que no se ha invertido bien en educación ya que la mayor parte se había «desviado a reducir la ratio alumno-profesor y a mejorar el salario de los profesores»; comentando los resultados de Pisa afirmó sin rubor que «el sistema escolar español necesita un «cambio radical» de metodología docente», eso sí, sin que cesen los recortes en educación, que han provocado el aumento de alumnos por clase, el número de horas que imparten o la no sustitución de los profesores de baja), sí, a pesar de ello, las/os profesionales de la educación siguen demostrando su vocación, su implicación, su compromiso con una educación en la que las personas son el centro y la razón de ser.

b) La carrera incesante, como el «chirimiri» vasco o el «orbayu» asturiano, de recortes y más recortes en inversiones en la equidad del sistema educativo, en las condiciones laborales o en el gasto en infraestructuras de nuestros centros educativos. Un curso más se congelan o disminuyen las becas o ayudas al estudio mientras que se incrementan los precios públicos para estudiar, no olvidemos que en Castilla y León las tasas universitarias son las terceras más caras de todo el Estado (es curioso que éstos suban un 1% mientras que las cuantías fijas, básica y variable de becas y ayudas al estudio se mantienen invariables en los 1.500, 200 y 60 euros respectivamente). Un curso más se penaliza el agotamiento o enfermedad de las/os trabajadores, reduciéndoles el salario si no acuden al trabajo (decían que querían paliar el absentismo laboral, los hechos demuestran, una vez más, las patrañas de una administración asfixiante y sin escrúpulos); asimismo, se mantiene la no sustitución de estas bajas a no ser que pasen diez días lectivos; se consolida el incremento de la jornada laboral y los incrementos de las ratios.

Y la cuestión es que en este escenario sobrevuela, como aliento en el cogote, la inexorable implantación de la más denostada ley educativa, la Lomce, que ha empezado a demostrar sus perversos efectos en los centros educativos, aún cuando lo peor está por llegar.

Menos mal que tenemos más opciones, entre ellas, tenemos la fuerza y la posibilidad de impedir que esta obra maestra del neoliberalismo cumpla sus objetivos, que no son otros que la desnaturalización de la escuela pública, la privatización de la educación y de los servicios educativos, la competitividad, la potenciación de los rankings, la consolidación de la desigualdad, la instrucción y un largo etcétera. ¿Cómo?, con la mejor de las estrategias posible, la unión de toda la comunidad educativa en un otoño ardiente, plantando cara a aquellas/os que ya han visto «las orejas al lobo» en las elecciones europeas. Lo mejor de todo, que lo saben y que ya tiemblan, porque el próximo es el curso del cambio, y nosotras/os también lo sabemos y no temblamos, sino todo lo contrario.

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