La opinión del lector
Carta póstuma
No hay dos sin tres. Ese eslogan es el que ha provocado este escrito en el momento en que fueron anunciadas sus «dos homilías» aunque no se debiera mezclar algo santo con las descripciones banales políticas de toda índole.
En aquella ocasión se hizo mutis por el foro que se dice en el lenguaje teatral de forma inesperada, como si de mala comedia estuviéramos hablando, y sin resentimiento alguno por ello.
Superada ya la década nos vimos sin la oportunidad de sentarnos, frente por frente; pero sí hubo algún roce con cicatriz incluida de su tiempo de «presi» en Palacio. Una decisión desfavorable, del ente cuyas consecuencias aún sufrimos.
Ocurre con frecuencia esforzarnos con ahínco en decires sobre actuaciones de otros compañeros, amigos o adversarios; mas raramente reflexionamos decisiones propias, desde el alto rango político que debiera medirse no tanto por la medalla o el sillón cuanto por el servicio ofrecido al ciudadano que acude en auxilio y respaldo de la prestigiosa institución. Confundimos dineros ajenos con gestión de los mismos.
He paseado desde muy joven, con necesidad obligada, sendas instalaciones de Palacio al completo, mucho más en sus años y sucesores. Se notan aún mis huellas en bastantes departamentos casi siempre a costa de tan traída y llevada competencia psiquiátrica, con desacato judicial incluido de la institución, que le tocó presidir con compañeros ilustres y adversarios, algunos de los cuales de sendos bandos todavía patean pasillos y despachos tenida cuenta del cambio de turno.
Por ello algunos que entonces eran nadie, sólo movidos por el sueldo, hoy capitanean a bordo.
Han cambiado mucho los tiempos y los talantes desde su huida. No sé si merecen la pena los asesoramientos actuales después de los desaciertos vividos.
Es muy verde el berenjenal que tienen los suyos con la bicefalia ad intra del partido. Auguro éxitos en el empeño actual.
Son tiempos nuevos, ahora las mujeres por inventos zapateriles se encaraman en las alturas y ¿qué ocurre?
Si en sus tiempos con solo hombres la mayoría, sucedieron equívocos gruesos que lamentar hasta el día de hoy, también ahora si no directamente, sí por adjuntos, que no corresponden con la eficacia que se espera de quienes viven más que del propio trabajo, de las tasas que se alzan en cuantías nada razonables. Errores hubo y a pares entre dirigentes y oposición. Y sería bueno reflexionar por los herederos dirigentes no sólo aquellas decisiones y omisiones, sino sobre sus consecuencias.
Esperamos que la línea continuista actual anunciada por la nueva presidencia, empecinada tal vez en olvidar el programa de su partido —y el tiempo fluye imparable— se corrija en línea de programa antes que otros que asoman con fuerza inesperada, vengan detrás, y vean estos entuertos. A pesar de todo, nos queda el buen recuerdo de sus intentos de animación reciente casi clandestina, conscientes sin embargo de que demasiada claridad deslumbra y ciega. Descanse en paz.