Diario de León
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CARLOS CARNICERO
León

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El PSOE es una organización imprescindible en el contexto histórico de los dos últimos siglos. Su capacidad de resistencia culminó con la supervivencia a la guerra civil y la cruel dictadura. En la transición en la transformación de España ha sido un pilar sólido que ha permitido que la democracia se consolide y que España se modernice. Y también ha sido víctima y promotor de la profunda crisis sistémica que ha asolado nuestro sistema de convivencia. Su permanencia en el poder durante largos periodos en los últimos treinta años ha erosionado sus sencias y le ha convertido en una suerte de partido institucional cuyos militantes no tenían otra vigencia que la aspiración a ocupar un cargo público.

Los militantes no tienen tareas políticas al margen de las instituciones. Y su desconexión con la sociedad le ha llevado a un colapso orgánico, político e ideológico. Por primera vez en muchos años hay un debate interno vivo que se manifiesta en el empate que se vislumbra entre dos de los candidatos en estas elecciones directas. Una de las mejores noticias es el final de la unanimidad y del control directo del aparato que se manifestó la última vez en la designación de la candidata a la presidencia de Andalucía y de esa federación del PSOE, Susana Díaz, hecho constatable con independencia de que el resultado de ese ejercicio de dirigismo haya resultado positivo o al menos útil. Los dos candidatos socialistas en las elecciones del próximo domingo tienen la enorme responsabilidad de enderezar el rumbo del partido, no solamente en términos electorales.

Una organización democrática de izquierda tiene que aspirar a tener tentáculos directos en la sociedad. En la vida sindical, en la vida de los colectivos enfrentados a la contrarrevolución conservadora y en la formulación de movimientos ciudadanos. En esa línea se ha manifestado Eduardo Madina. Entender que la actividad de los militantes, su toma de responsabilidades en la dirección del partido, no puede suponer una amenaza para las hegemonías de cualquier aparato.

Porque un partido socialdemócrata tiene que aprender a convivir con un profundo debate interno, con la participación de sus militantes en la vida orgánica de forma permanente. Abandonar el miedo a que la pérdida de control les reste posibilidades electorales. No puede haber temor a que los militantes asuman el rol del ejercicio de la soberanía dentro de la organización.

El próximo congreso no puede reducir su debate a la elección de un líder. Esa debe ser la consecuencia de la construcción de un entramado político sólido que de respuestas a las múltiples crisis de nuestro sistema socioeconómico. Probablemente es la última oportunidad que tienen los militantes del PSOE de detener el declive de la organización y construir el socialismo democrático del siglo XXI. Y hay que comenzar por un proyecto político socialista que permita que los ciudadanos recuperen la confianza en el PSOE.

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