Diario de León
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TOMÉ
León

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A los columnistas se nos presupone, quizá exageradamente, el arte de contar la vida. Y puesto que uno se cansa de ser casi siempre el señor Malas Noticias, debo decirles que la bondadosa providencia ha tenido a bien obsequiarnos con la campaña de verano de las rebajas, uno de los más grandes valores del mundo moderno. Llevamos demasiado tiempo practicando la dieta del boquerón, debido a un sistema económico a lo Bruce Lee que nos ha prescrito unas medicinas que agravan la enfermedad que padecemos, esa austeridad a ultranza que mata más que cura. Según indican todas las cifras, los comercios siguen cuesta abajo a la rodada, padeciendo una situación de extrema precariedad que recuerda al Waterloo de Napoleón. Haciendo gala de una paciencia bíblica, sus propietarios siguen luchando hasta la última bala, en un intento de sobrellevar esa crisis que, a decir de algunos, se trata de una estafa en toda regla.

Lejos quedan aquellos tiempos en que las ventas y los precios subían y bajaban con más rapidez que el camisón de una recién casada, llevados todos nosotros por un optimismo de saldo. Ahora, y en busca de prosperidad y mercado, las rebajas nos presentan unos mostradores rebosantes de color y de vida que son imán para los cazadores de gangas. Y todo ello a precios muy cristianos, ya que a las gentes educadas en la religión del ahorro unos descuentos de hasta el 60% les suenan a música celestial. Desgraciadamente, los seres humanos no podemos escoger lo que nos sucede, pero sí lo que llevamos puesto. Y dado que en época de necesidad todo agujero es trinchera, el pueblo se ha lanzado a las tiendas bajo la consigna de comprar o morir. Por todo ello, y gracias al burbujeante picante con que aliñan la molienda cotidiana, las lovely rebajas se merecen una fecha fija en el santoral. Así que a gastar y que les vaya bonito.

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