AQUÍ Y AHORA
Mala enseñanza
Que nuestro sistema de enseñanza deja mucho que desear, es decir que es malo sin andarnos con rodeos, se sabe desde hace tiempo. Nos lo recuerda cada año el informe Pisa, donde se reflejan los resultados deficientes desde la primaria. La prensa, casi de forma unánime, destacó la penosa comparación que estableció en el nivel formativo de un graduado superior español, que apenas alcanza los conocimientos de un alumno de secundaria japonés. También merece ser recordado el dato de que en España dos de cada tres licenciados están predestinados a desarrollar trabajos que no necesitan esos conocimientos, lo cual demuestra que no existe correspondencia ni coordinación entre las necesidades profesionales y los planes formativos.
El desastre de nuestro sistema de enseñanza no es nuevo ni consecuencia directa de los actuales recortes presupuestarios que agobian a las universidades y limitan la capacidad de investigación de sus enseñantes. Los agravan, qué duda cabe, pero su origen es antiguo y lo más inexplicable es que cada vez que se aplican reformas, casi siempre guiadas por tics políticos de cambio -es decir, como mínimo cada Legislatura-, lejos de encontrarle soluciones, las modificaciones de programas y métodos que se ingenian las sucesivas administraciones lo que consiguen es complicar aún más el caos. Cabría añadir que tampoco son las actuales penurias económicas las únicas culpables. Cuando no hace tanto había dinero para montar nuevas universidades, los resultados no eran mejores. Antes al contrario, la euforia llevó a la puesta en marcha de universidades improvisadas, algunas con escaso nivel del profesorado, y lanzadas a una competición absurda por implantar nuevas facultades, a menudo sin demanda que lo justificase, en una dispersión de esfuerzos absurda. Tenemos índices de alumnos elevados pero ninguna universidad entre las mejores.
El problema es grave porque sitúa a nuestros universitarios por debajo en su formación de los de otros países del entorno y esto es algo que al final lo pagamos tanto en profesionalidad como en imagen. Y se agrava aún más para los propios profesionales en unos momentos en que las circunstancias internas les recomienda, cuando no les obliga, a emigrar en busca de ocupación fuera. Tener que hacerlo siempre es duro pero respaldados por títulos poco valorados y dudas sobre su formación, aún lo endurece más.