Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Pido perdón a todos los judíos de Israel por dedicar este artículo de opinión a un niño palestino. Tengo una seria excusa: este niño vive en la franja de Gaza y es la persona más pequeña del mundo cada vez que cercan su casa los proyectiles del ejército israelí.

Tengo otra excusa: este niño palestino no puede comprender nada de lo que pasa a su alrededor cuando los proyectiles del ejército de Israel caen sobre un hospital o una escuela gestionada por la ONU, por mucho que el Gobierno de Benjamín Netanyahu diga después, sea cierto o no, que hay terroristas palestinos —de esos que cavan túneles para salir de incógnito de la franja y asesinar a niños judíos— escondidos entre los heridos de sus bombardeos, convertidos en escudos humanos, y entre los niños de Gaza que aprenden a leer bajo el amparo de la comunidad internacional.

Tengo una tercera excusa: este niño palestino vive en un verdadero gueto, encerrado por el mar y una frontera amurallada, y allí pasa miedo y hambre, y siente escalofríos. Tiene verdadera necesidad de afecto.

Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este artículo de opinión a todos los niños palestinos cuando sean grandes, porque todos los niños, judíos y palestinos, tienen derecho a ser grandes alguna vez. (Pero no todos lo consiguen estos días).

Corrijo, pues, mi dedicatoria.

A todos los niños palestinos y judíos, de Israel y de la franja de Gaza, cuando sean grandes, para que puedan crecer sin odio y sin rencor y sobrevivan a las cicatrices de la guerra.

Y finalmente, no puedo terminar este artículo sin pedir perdón a Léon Werth, que era judío y vivió escondido en Francia para evitar que los nazis le encerraran en un gueto, por haber usado la dedicatoria que le escribió su mejor amigo, Antoine de Saint-Exupéry, en la primera página de El principito ; ese libro que narra el encuentro de un niño perdido y un aviador caído en el desierto, que empieza con una boa devorando a un elefante y termina con una flor bajo un globo de vidrio, y que todo el mundo debería leer alguna vez, antes de que el tiempo y las excusas y el miedo a envejecer nos echen a perder definitivamente.

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