FUEGO AMIGO
La radio de Umbral
Apunto de cumplir este otoño ochenta años, la radio en León tuvo sus balbuceos republicanos y guerreros, antes de convertirse en uno más de la familia durante la interminable posguerra de frío y sofocos domésticos. Ahora se recogen los preliminares de Francisco Umbral al aparato, unos textos radiados entre 1958 y 1961, que Gamoneda recuerda verle trajinar con tesón en los veladores del Vitoria. Hasta el 2 de octubre de 1958 no se estrenó como Umbral. Seguía firmando Francisco Pérez Martínez, con los apellidos de su madre coyantina. Aguas abajo del Esla, está Algadefe, cuya extraña eufonía nutrió a las seductoras algadefinas de sus novelas. En León encuentra una familia acogedora y bien situada, en la que destaca el primo Santiago, gerente de aguas, secretamente enamorado de la madre y dadivoso con sus lejanos caprichos de niño. «Ciudad del norte, toda de frío y de vidrio, aguja gótica».
En abril de 1958, Umbral vuelve a la capital del invierno de la mano de otro primo, José Luis Pérez Perelétegui, para trabajar como administrativo en la radio azul y entretener sin alborotos a las chicas de la Sección Femenina, con pelis de fantasía y declamados recitales poéticos. Antes de que la estancia se malogre, colabora en este periódico, donde el cura Lama le da cancha, con grave enfado del desairado director de Proa . Entonces monta el bochinche que precipita su salida hacia Madrid, donde se estrena con un largo artículo sobre la poesía religiosa de Panero. Eran los primeros años de la década prodigiosa y Umbral todavía remitió a la ciudad, en sucesivas entregas, la cartografía expresionista de su Crónica de las tabernas leonesas (1962), la novela premiada en Villablino Días sin escuela (1965) y las estampas nostálgicas de El hijo de Greta Garbo (1982).
La radio de Umbral, que sintonizaba la galena conectada a los alambres del somier, había sido La Voz de Falange, fundada diez años antes por el capitán perpetuo del verso, Luis López Anglada. Era el segundo poste de la ciudad, precedida desde 1934 por Radio León, en cuyos inicios trabajó como locutor Ramón Carnicer, entonces empleado de Correos. Como se ve, una radio muy literaria, a la que después llegó para quedarse durante décadas el gran Victoriano Crémer. La voz opaca y altanera de Umbral combinaba con el timbre frutal y berciano de Luis del Olmo, mientras en Radio Popular, que la gente conocía como Radio Bonete, se escuchaba, entre ángelus y rosarios, la salmodia ronquilla de Bernardino Martínez Hernando. La emisora de Umbral era la que transmitía los desfiles patrióticos de Papalaguinda con más fervor castrense, momento en que se descifraba el misterio de siglas de su indicativo, cuya rotundidad agitaba las vigilias de nuestra adolescencia.