CUERPO A TIERRA
Por las calles del aire
León es una ciudad muy mal recortada con el cielo. Ninguno de los escritores leoneses, poderosos como montañas, ha sido capaz de sugerir ningún misterio en el perfil acostado contra la noche de los edificios y monumentos que jalonan el callejero del aire leonés. Pero eso no quiere decir necesariamente que carezca de algún misterio; a mí me parece muy misterioso, por ejemplo, cómo ha llegado a darse esa falta de rima, ritmo y cualquier valor poético real o imaginario entre ellos. Tan difícil como acertar una quiniela de catorce, es no atinar ni un solo resultado, y sin embargo…
El alma racional de un geógrafo achacaría este contravalor estético al urbanismo desenfrenado, sin planificación ninguna, valerosamente sostenido en el tiempo contra viento y marea, con cazurrería casi, que ha permitido erigir un edificio de catorce alturas junto a una casa unifamiliar o un hotel adosado a una muralla. Camina uno por el remoto barrio de una ciudad antigua y encuentra edificios separados por quinientos años unidos por una fraternidad o aire de familia, como una línea trazada a través de los siglos que los ata entre sí, pese a sus muy dispares circunstancias históricas, y entonces casi puede apostar la vida a que se encuentra en el extranjero. Son detalles de civilización. No dice uno que aquí no tengamos detalles de civilización, sino que quizá tenemos demasiados sólo que en su forma más ultraísta.
Según Chesterton, «la ciudad es un caos de fuerzas conscientes». Mi amiga Ana Riaño, que fue una columnista comprometida en los duros tiempos municipales de Cecilio Vallejo, desde la sabiduría de sus canas, diría que León se ha convertido en un caos de fuerzas inconscientes, como tirando unas de otras, o cada una para un lado, hacia las once dimensiones de la supersimetría o las veintiséis de la teoría de las supercuerdas. Uno, menos científico y con cierta vaguedad literaria, simplemente constata que la nuestra es una ciudad precipitada en todas las direcciones, con las verticales peleadas con las horizontales, como ciertas urbes nacidas alrededor del industrialismo decimonónico que crecieron tanto en tan poco, algo semejante a esos niños que pegan el estirón y se quedan con las mangas cortas. Lo enigmático es que León no es un producto de la industrialización y por lo tanto resulta todo un misterio cómo hemos llegado a adquirir todas sus desventajas y ninguno de sus beneficios.