La opinión del lector
Tribuna «honorífica»
Decía el egregio escritor Francisco Umbral, premio Cervantes pese a la Academia, escritor y periodista donde los haya, que él era un periodista de encargo, si no de titulación. Tan humilde era y entregado a la causa de los más desfavorecidos; bastaría ir a sus escritos relacionados con la obra del benemérito jesuita, padre Llanos.
No piensa lo mismo este lector con algunos trabajos aparecidos en la prensa como el de los «testículos» que no atina ni morfológica ni semánticamente, a no ser que la gramática de Alarcos, el gran experto, esté superada y sea preciso cambiar título y contenido. Aparecen en la prensa de vez en cuando, a poco que se lea, columnas o tribunas demasiado fáciles teniendo en cuenta la autoría renombrada, monotemáticas y repes como es el asunto presente aún con intención honrosa, si se trata de loar a don Pedro Trapiello por enésima vez, sin otra novedad que sencilla glosa a su creación.
El fin primordial de los buenos escritores debería de ser, proteger y enaltecer el idioma de sabia creación lingüística por encima de ciertas humoradas amigables. Cuando no es la sintaxis o el abuso morfológico de extranjerismos y dequeísmos, es solo un ejemplo, convienen en juntarse ambas morfología y semántica, dejando al signo lingüística perniquebrado total. Ocurre esto sobre todo, siempre que se intenta salir del campo periodístico, haciendo pinitos en otras ciencias históricas o naturales, con desidia de incompleta lectura o acercamiento a las fuentes concretas. Es el calor veraniego quizá o la dificultad de cumplir puntualmente el encargo encomendado. Aunque también pudiera flotar, como excusa atenuante, el dístico del poeta latino: «Aliquando dormitat bonus Homerus». Todo es susceptible en esta vida menos reglada. Etimología, humor y alabanza a veces no se compensan en un escrito. Querer suplir con tanta fecundidad cromosómica en un tema fácil es ocupar espacios que apenas distraen a lectores ávidos de buena prensa en su reposo estival, olvidados del batiburrillo diario.
Son los buenos escritores precisamente quienes deberían de salir al paso de enderezar los esfuerzos por corregir las heridas producidas al idioma, la gran riqueza nacional, contra el abuso innumerable de desleales extranjerismos y otras superficialidades chabacanas de los nuevos medios barajados con internet. Algunos más inteligentes vienen haciendo notar oportunamente esta defensa de la lengua española oral y escrita.
Doctores suficientes tiene la academia, y si no, sírvase del nuevo diccionario de la misma, para respeto de la riqueza que supone el idioma. Los lectores hispanohablantes y otros se lo agradecen ahora y hacia el futuro.
Cortesía pura, y sin coste alguno. Pero no solo los políticos andan a la deriva sino también otros frentes como el mediático a fuer de los diversos géneros novedosos que amenazan con prisas, sendas correcciones sintácticas y semánticas idiomáticas.