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Siempre que nuestros políticos llegan a un acuerdo es porque ha surgido un equívoco entre ellos. En el lento agosto incluso la Justicia se demora más que en el resto del año y la sentencia del chivatazo a ETA se sigue haciendo esperar. Lo que sea sonará y no hay que tener prisa, ya que la velocidad, salvo en atletismo, es incompatible con la elegancia. Más urgente sería conocer por qué hay jóvenes españoles combatiendo a favor del IS, nombre del quimérico Estado Islámico. ¿Qué se les ha perdido allí o qué quieren encontrar?
Los expertos policiales, que tienen mucho tiempo libre, creen que estos yihadistas proceden de Ceuta y Melilla, pero también de otras ciudades como Madrid, Bilbao y Barcelona. Lo que no aclaran es por qué proceden así. El semillero de la captación terrorista no está en los suburbios europeos. No son jóvenes desesperados, sino sin esperanza y no buscan la muerte, sino alejarse de una vida que no les gusta porque se parece demasiado a la que les gustaba a sus padres.
Los conflictos generacionales son de difícil solución porque, en el fondo, todos somos de la misma generación que nuestros hijos. ¿Qué pueden suponer veintitantos o treinta años de distancia en la historia del tiempo, que anda perdida desde la célebre noche de los tiempos?
La verdad es que hay cosas que no tienen nombre. Que un muchacho nacido en Madrid tenga como camarada a otro nacido en Copenhague y estén luchando en Siria por un Estado Islámico es algo ininteligible. Sobre todo en verano, que es una tregua aparente y engañosa. No en vano Cervantes, que también fue un soldado, nos dijo que en la canícula ardiente, la cólera siempre está a punto. Mejor es lo nuestro, por muy mal que vaya.
No tomemos cartas en el asunto y sigamos dándole vueltas a la Carta Magna, que es feliz porque viene a buscarnos las cosquillas en septiembre.