Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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Tenía razón Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano , aunque lo mismo pudo decir de las guerras... Maurice Duverger sostenía que tradicionalmente las revoluciones y las guerras eligen el verano para entablarse; el invierno es barro, engorro y órdago bobo... que sea en verano... ahí cae precisamente la guerra de fondo de esa obra de teatro (también película) que escribió el genial actor, guerra de calentón y recalentada que España estrenó un 18 de julio... ardía ese día el mercurio y la ira se hizo yesca.

Así pues, digamos Las guerras son para el verano y de esta forma titularemos con más precisión esa otra obra de teatro (también peliculón) que se reescribe estos meses cada año en Oriente Medio, su teatro de operaciones , su puro teatro casi operístico con la Muerte puta como prima donna .

En las ciudades de esas guerras se ven también bicicletas. En mercados sirios o afganos pululan las bicicletas. Y en bicicleta con fardo explosivo se inmoló hace sólo un mes Ahmed Hasin, catorce años, a las puertas de una mezquita en Dayr al Zawr. Estaba el verano en su fulgor. Y las cabezas ardían.

Veranos, guerras, bicicletas...

A su bicicleta de veranos mediterráneos y adolescentes le dedicó Manuel Vicent un artículo de fina hilatura, tan fina, que anima al lector a escribirle algo a la propia, a «la su bici», porque no hay nadie que no tenga en su memoria alguna bicicleta de las que llevan en su portabultos (o en la barra) alguna peripecia, un vértigo, un amorío o un disgusto morrocotudo... y si « La infancia es la patria del hombre » (¿de la mujer no?), los recuerdos más veloces van ahí siempre en bicicleta... bueno, los primeros, en triciclo... y aún antes, en tacatá (ya muy pocos saben qué coños era un tacatá o, menos aún, la vieja pollera de los primeros pasos).

En fin, gracias a la bici se nos agrandó la frontera del barrio. Tener bici era un todo un rango. Y si era de carreras, aristocracia. Las alquilaba Senén a dos pesetas la hora. Pero tener bici y novia a la vez era ya el colmo que prometía boscajes lejanos... y aquí es donde ya le corresponde al lector meter lo suyo... también él ha de tener su propia novelilla montada en una bici.

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