MARINERO DE RÍO
Tarde de cuernos
Tornasoleaba la luz mañanera en el campo de secano —también habría que decir algo bonito de ese rocío que suavemente cubría el dorado rastrojar, etc.— cuando unos valientes caballistas rompieron la línea del horizonte con sus adustas e hidalgas figuras; olé; arsa; tronío; eh, toro, eh; que me parto la camisa. Y a medida que el sol se elevaba en el cielo como un coso redondo, pequeño y ardiente, se iba componiendo estampa como de escenario de película berlanguiana, con todo el atrezo necesario para ofrecer los referentes visuales más señeros de la raza: había copazos, había todoterrenos, había reses más o menos bravas y había, por supuesto, guardia civil. Hubo de todo, que no se respire miseria, y por haber hubo hasta una vaquilla que se despernancó de una pata, quedando inútil para el festejo entre risotadas de tintorro y agudos comentarios de la concurrencia. Para finalizar el esparaván festivo, parrillada y concierto de coro rociero. Ehe, toro. Dejarme solo.
Parece cosa andaluza, extremeña o castellana pero sucedió este fin de semana en una localidad cercana al leonés padre Esla, en unos ribazos que jamás vieron cosa semejante, todo lo más conducir la vecera de vacas a pie o en la burra; vamos, Colorada; tira, Mariposa; y el paso sin prisa de algodonosos ejércitos de ovejas. La similitud del paisaje del sur provincial con el de esos otros territorios ibéricos no parece excusa ni razón convincente para el tan desconcertante mimetismo de tradiciones que últimamente padecemos, síntoma extraño, rara esquizofrenia colectiva de quien ni sabe ni le importa lo que fue hasta ayer mismo por la tarde. La costumbre importada de las peñas en ciertas localidades, y de los encierros, y de esas mismas corridas de toros que aquí sólo fueron patrimonio de determinados núcleos úrbanos discordan, y mucho, con nuestros pacíficos bolos de bola cacha o de bola entera, y con los aluches elegantes, estudiado baile de mañas y fuerzas en el que nadie es obligado a participar a base de carreras y pinchazo de varas. Así pues, un fin de semana carpetovetónico y racial, con marqueses y chabolas, y gentes que se ponen los cuernos a sí mismos.
Cualquier día nos inauguran un pantano.