CUERPO A TIERRA
Como ausente
Se va viendo que esperar una declaración inteligente de León de la Riva es como pedirle una oración subordinada a Tarzán: habrá más subordinación en los silencios y asentimientos de Chita que en las frases de Tarzán. Hay también más inteligencia en las calladas y rectificaciones del alcalde de Valladolid que en sus ya habituales afirmaciones. Fraga, con su ímpetu de portaaviones, decía de los socialistas que sólo acertaban cuando rectificaban. De la Riva puede que ni eso: hasta cuando se la envaina parece que se equivoca. Lleva el yerro marcado en la cara y da esa sensación. Mientras no se le practique un escáner a fondo, uno se niega a admitir por las buenas que, con su amplio currículo de barbaridades, bajo esa cara que se muestra al público haya rastros de vida consciente.
El ínclito alcalde pucelano no sale de una y ya está entrando en otra. Un día se levanta con el pie izquierdo y arremete como un búfalo no ya contra ese enemigo íntimo suyo que es León, sino contra el mismo Valladolid, del que deben desaparecer «los piojos, las pulgas y las putas». Tiene una mala digestión y se despacha con una arremetida hacia los homosexuales o el juez Garzón, contra los «morritos» de una ministra como Leire Pajín o el «atractivo» de una adversaria política como Soraya Rodríguez. Ahora, en plena crisis de optimismo, desde la cresta de la ola de una manía no diagnosticada, manifiesta su temor a entrar a solas en un ascensor con una chica, por si fuera a desbragarse y «buscarle las vueltas». No cabe duda de que León de la Riva tiene el listón muy alto (el de los disparates) y, por el contrario, unos niveles muy bajos de autopercepción física. Listo no es pero guapo, tampoco.
Dado que parece que este sea un caso de esos en que va más rápida la lengua que el pensamiento, algo que ya empiezan a creerlo hasta dentro de su partido, y no precisamente por la velocidad de su lengua, los dirigentes populares deberían imponerle un voto de silencio. Una nota de la secretaria Cospedal, con su toque nerudiano: «Francisco Javier, me gustas cuando callas». Precisamente porque ya hay elecciones a la vuelta de la esquina y, cada vez que habla León de la Riva, no se sabe si lo suyo son salidas de tono o que está entonando.