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ERNESTO ESCAPA
León

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El valle de Sabero resume mejor que cualquier lamento el fracaso de los planes de reactivación de las comarcas mineras, ahora menguados con la sisa para depurar cochinadas. A lo largo de su lecho y trepando por la solana se suceden los cuarteles de la minería vertical, descascarillados y envilecidos por el abandono. En contraste con tanto derrumbe, asoman unas pocas actuaciones desorbitadas, resultado de los fondos europeos, como el frontón desmedido de Olleros o el cubo de hormigón plantado en el núcleo siderúrgico de Sabero. Para evitar el tránsito entre los despojos de la minería que salpican los pueblos, la nueva carretera discurre por la umbría, a pesar del riesgo de los hielos que la abrillantan de noviembre a la primavera. Pero no todo es herrumbre en la herencia de una actividad que prolongó su laboreo en el valle durante siglo y medio. Desde el castillete de Sotillos, hasta el complejo de San Blas, magníficos testimonios de arquitectura industrial iluminan el futuro de la comarca.

Un profesor sabio, recluido en Murias de Rechivaldo, el geógrafo Francisco Quirós, documentó la primogenitura de Sabero en la historia siderúrgica de España. Ahora, con el catedrático babiano José Sierra, de quien recuerdo su estudio modélico sobre la colonia minera de Vallejo de Orbó, vuelve a esclarecer los orígenes industriales del valle. Las minas de los ingleses pasan en 1844 a Santiago Alonso Cordero, un maragato galdosiano al que la lotería redondeó su solvencia arriera. Para que no hubiera dudas, se hizo la mejor casa de la Puerta del Sol de Madrid y un palacio en Santiagomillas, que quiso pavimentar con duros de canto para halagar a la reina. Pero estos alardes no le hacían olvidar los negocios. Fue promotor y financiero del Canal de Isabel II, que llevó agua potable a Madrid. Y esta empresa acució la urgencia de poner en marcha los altos hornos de Sabero, de donde habrían de salir kilómetros de tuberías.

Para calibrar las reservas minerales de su nuevo dominio se asoció con el geógrafo Casiano de Prado, que entretuvo el verano de 1845 haciendo catas por el valle. Don Casiano, además de buen zahorí, tenía una pluma de lujo, como revela el arranque de la novela El Jarama, de Ferlosio, con un texto geográfico suyo. La instalación de los altos hornos fue una alternativa a la difícil comercialización del carbón de Sabero, siempre con problemas de distribución. Había que bajarlo a pezuña hasta la estación de Sahagún. El emprendedor Cordero puso en marcha el primer alto horno en 1847, trayendo la maquinaria inglesa desde el puerto de Gijón con una reata. El proyecto lo firma el ingeniero francés Julio Gendre, autor de la lonja catedralicia, el edificio monumental de tres naves que alberga el museo.

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