Diario de León

HOJAS DE CHOPO

Tiempos de fruto y monte

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Leo el espléndido libro de Avelino Fierro Una habitación en Europa . Entre tantas referencias asumidas y citadas, estos versos de A. Manilla: «Mañana tibia de septiembre, clara. […] Los frutos del verano/ fermentan bajo este sol postrero». La palabra bien asentada, definitiva en cualquier caso, tiene un alto poder de convocatoria, de evocación, capaz de provocar incertidumbres, certezas y el filón inagotable y a veces adormecido de la memoria.

Si prácticamente todos los meses poseían un ritmo ritual en la infancia rural —supongo que en todas las infancias, aunque distintas—, recuerdo el septiembre de una infancia vivida en los territorios de la montaña con mayor intensidad. Siempre creí el otoño leonés la estación más hermosa, por la fortaleza ocre de los colores y por la quietud de un recogimiento que se adivinaba cercano y sereno. Nada más hermoso se me antoja aún hoy que detener la mirada y el espíritu sobre la luz intensa de los hayedos. Sin metáforas si símbolos, con la desnudez propia del contacto y del contagio con la naturaleza, tan alejada hoy, con frecuencia desgraciadamente, del vivir diario.

Septiembre era entonces el mes de la recolección. Anárquica, aunque limitada, eso sí. Caprichosa y lúdica. Tiempo de monte y de frutos silvestres, que conocíamos recorriendo una piel memorizada. Sabíamos dónde había peras y manzanas y las que merecían la pena o el olvido, acaso otras funciones como aquellos sacos que se cargaban para alimento de los animales, nutridos con la desnuda ley de lo que la naturaleza regala. Conocíamos, según gustos, por supuesto, las altas latitudes de los arándanos, o las matas de té que se curaban en atados al olor gozoso de las manzanas que asentaban su carnosidad para el invierno, o los picaculos mantecosos que depositaban la grana sobre la inocencia de aquellos dedos infantiles que tenían afilado el tacto para casi todos los reconocimientos, o los brunos — perunos los llamábamos, como singularidad seguramente única de mundos cerrados y fronterizos, un misterio para filólogos aficionados—, cuyos rincones apenas tenían secretos en el escalafón de tamaño y acidez, o…

Me quedo con moras y mostajas. De las segundas, nacidas con frecuencia en la dificultad de los roquedos, guardo en la memoria —aún las busco, con el recuerdo firme de los primeros fríos otoñales— el sabor dulce, entre la acidez y la aspereza. Y un dicho hermoso: «Cuando la nieve baja, madura la mostaja».

Otra cosa son las moras. El rito de las moras. Recogerlas en lecheras, picoteando continuamente, para llegar con labios y dedos amoratados por la recolección y la prueba. Machacarlas en el plato, con tiempo para la intensidad del jugo. Espolvorear azúcar. Y después…, una delicia inolvidable. No habría tiempo para la explicación. Pero algunos podrán entender que hubo infancias de moras y de arándanos. Felices.

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