NUBES Y CLAROS
Me encantaría
De verdad, me encantaría. Que las cosas fueran como queremos, y no como son. Que fueran como nos prometen, y no como se concretan. Que otro mundo fuera posible aquí y ahora. Y no me tomen por descreída, no lo soy. De hecho soy un espíritu optimista. Creo firmemente que el cambio es posible; es más, estoy convencida de que cada pequeño acto de cada uno de nosotros es un paso hacia el cambio global.
Pero no soy ciega ni ingenua. Sé que mi mantra de «bien, con tendencia a mejorar» no pagará mis deudas, actuales ni futuras. Ni evitará las necesidades de quienes me preceden ni de quienes me sucedan. Mis mayores y mis pequeños viven aquí y ahora, para los primeros hay poco que improvisar y para los segundos hay esfuerzos que realizar, pero los resultados no pueden ser a corto plazo.
Por eso estoy convencida de que los recién nacidos movimientos sociales metidos a política exigen un esfuerzo de cordura y responsabilidad que no dé al traste con las esperanzas de quienes honestamente les respaldan. Porque una cosa es predicar y otra es dar trigo. Y confundir o engañar es hoy si cabe un ejercicio más indigno que nunca.
No se trata de renunciar. Son y deben estar. Los ciudadanos lo han dicho alto y claro. Las formaciones de renovación ciudadana están llamadas a jugar un papel fundamental. ¿A gobernar? Eso es otra cosa. No pueden prometernos viviendas para todos, criticarnos por acumular para el futuro y la vejez, proclamar el carpe diem y anunciar que un mundo distinto está a la vuelta de las urnas. Porque es imposible. El endiablado y complejísimo engranaje de nuestra sociedad ni está preparado para ello ni podrá estarlo de ninguna forma a corto plazo.
Critíquenme por mi apego al ahorro y la previsión, pero no intenten castigarme por ello. Ojalá su mundo mejor llegue pronto. Yo lo que veo es gente mayor que si no tuviera piso en propiedad y ahorros a mansalva no tendría quien cuidase su senectud. Compañeros asfixiados por el paro de larga duración que no tienen ya donde agarrarse. Familias que si tuvieran nevera la contemplarían en terrible vacío físico y existencial.
La solución no es el asalto ni la ilegalidad. Sé que se exigen soluciones urgentes, pero la demagogia y la irresponsabilidad son la peor receta. Probablemente lo que queda es más difícil que lo planteado hasta ahora, pero ahí está el reto de los nuevos ideólogos. ¡Hale, dirijan el movimiento ciudadano! Y, por favor, no hacia el abismo.