Diario de León
Publicado por
manuel alcántara
León

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Es tan difícil ser amigos. Hay que coincidir en el tiempo y en el espacio y no se elige ser contemporáneo. Lo de menos es estar absolutamente de acuerdo en las opiniones. Conmigo es más fácil porque no las tengo inamovibles. Tampoco las tenía Pedro Aparicio, tan cortés y filarmónico, que por una vez me pegó un plantón ayer, dejó un sitio vacío en la mesa mientras los demás llorábamos, cada uno con su ‘dry Martini’. Un océano amistoso, porque Pedro, que nos quería a todos, acertó a hacerse querer por lo que queríamos que fuese su ciudad. Un soñador para un pueblo, no menos insomne que otros, aunque quizá más adormilado. El puesto, no quiero hablar de cargos, más íntimo de todos es el de alcalde. Zalamea está en cualquier localidad.

El hombre que se acaba de ir donde nos iremos todos más pronto o más tarde, algunos como yo fuera del horario previsto, amaba a su tierra y a su gente, pero no tenía claro cuáles eran porque pertenecía al mundo. Esa comarca tan dilatada como ininteligible.

De pronto, ha pasado a dejar de pertenecer a él, aunque nos siga perteneciendo a los demás. Aquí estuvo. Eso es todo. Pero ayer no estaba y eso es nada, diga lo que quiera el sabio plegable, el admirable astrofísico Stephen Hawking, que se entiende con los astros guiñándole los ojos.

Su portentosa inteligencia no basta. ¿Quién nos consuela a nosotros cuando se ausenta sin dejar señas alguien que amábamos? A la persona que queríamos le llegó el día, pero no hay que irse tan bruscamente. «Mi vida acaba y mi vivir ordene», pero hay que aspirar a que a cada uno nos dé tiempo a ordenarlo, en la medida de lo posible.

Hay días que se adelantan a los calendarios y cuando se va un amigo de verdad, como todos los que verdaderamente han sido nuestros amigos, hay que pedirle reclamaciones. Esto no se nos hace y menos cuando te estábamos esperando para comer, para ampararnos mutuamente, para seguir resistiendo, sobreviviendo, hasta que llegue la última hora. La culpa es del relojero.

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