Diario de León
Publicado por
antonio papell
León

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En todas las democracias se producen desviaciones de poder, episodios de corrupción, irregularidades de variado pelaje. En realidad, también los regímenes más depurados y perfectos tienen problemas, muestran deficiencias, son a la postre perfectibles como los propios seres humanos. El escándalo no consiste, pues, en la constatación de que España, en mayor o menor medida, es en lo negativo como los países de nuestro entorno sino el descubrimiento de que la infidelidad del político con la palabra dada, la contravención de la legalidad, la apropiación indebida, el cohecho, el fraude fiscal, el delito económico en general no siempre son interiorizados negativamente por quienes cometen el desmán ni generan un reproche social todo lo duro que parecería natural. Veamos unos ejemplos: Según han manifestado al juez que los ha interrogado, el primogénito del expersident Pujol, Jordi Pujol Ferrusola y su esposa, Mercé Gironés, depositaron 7,2 millones de euros en el Crédit Suisse de Luxemburgo en 2011 y 2012 por «la situación de inestabilidad financiera de España». Sólido argumento.

Alberto Ruiz Gallardón, por su parte, dimitió de ministro de Justicia y se ha retirado del a política, para pasar automáticamente a un ignoto Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid —el típico cementerio de elefantes para alojar y cubrir de prebendas a los altos cargos de cesan— del que sería vocal nato y del que obtiene coche oficial, chófer y un salario nada desdeñable de más de 8.000 euros brutos al mes.

En la quebrada Caja Madrid, no sólo se hacían negocios particulares y se cobraban sueldos fabulosos: sus jerarcas y administradores disponían de tarjetas de crédito fantasma —en negro— para cargar gastos sin límite, al margen de todas las reglas. Más de 15 millones de euros fueron a los bolsillos de Blesa, Rato, numerosos políticos de todos los partidos, sindicalistas y hasta el exjefe de la Casa del Rey Rafael Spottorno.

Es tremendo que pasen estas cosas en nuestro país, pero lo más grave de todo es la desfachatez con que se cometen las tropelías. No sólo nos expolian a los ciudadanos sino que lo hacen con naturalidad y con el mayor desparpajo, como si estas elites estuvieran por encima de las reglas, fueran inmunes al imperio de los códigos de conducta o tuvieran alguna patente que les otorgara mágica impunidad.

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