Diario de León

TRIBUNA

Hacia una salud mental libre de la industria

Publicado por
José M. Redero San Román.
León

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Hoy, 10 de octubre, celebramos el día mundial de la salud mental. Es un día de manifiestos, movilizaciones, reivindicaciones y también de reflexión. Las asociaciones, especialmente las de familiares y usuarios toman la calle para declarar y reivindicar allí sus logros y sus derechos.

Que la salud mental tenga su día se justifica por la importancia que la salud y el bienestar psíquico ocupan en el conjunto de lo que entendemos por salud. No hay salud si ésta no alcanza al estado mental.

Las patologías más prevalentes como la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, las depresiones y otros trastornos menores son un porcentaje muy alto de los problemas de salud, consumen una parte muy importante del gasto sanitario y lo más importante es que aún no está resuelta la falta de atención, de cuidados y de reconocimiento que históricamente han padecido las personas afectadas, sobre las que se ha practicado la exclusión, la marginalidad social y la anulación de sus derechos. Las conquistas de los últimos años tratan no sólo de reconocerles en su condición de enfermos en los trastornos más graves sino en la de ciudadanos de pleno derecho.

Desde los años 80 del pasado siglo, las trasformaciones en la atención a la salud mental han sido muchas y diversas. La Reforma Psiquiátrica que llegaría de la mano de la democracia en nuestro país, supuso el fin de los manicomios y el desplazamiento de la asistencia hacia Unidades de Psiquiatría en Hospitales Generales y a Centros de Salud Mental en la comunidad, más o menos ligados a la Atención Primaria de salud. Se desarrollaron redes sociosanitarias que ofrecieron continuidad de cuidados a los pacientes crónicos según el modelo llamado comunitario, que respondía más a las necesidades de los pacientes y que trataba de preservar su reinserción e inclusión social, de vital importancia para su recuperación, intentando luchar contra los eternos prejuicios sociales sobre la incurabilidad y la peligrosidad del enfermo mental; aspectos éstos, que tristemente la nueva reforma del Código Penal que prepara el actual gobierno de España trata de resucitar.

Desde una mirada crítica a este proceso de transformación de los últimos 30 años, no podemos evitar ver unos centros de salud mental saturados e impotentes para atender la creciente demanda del malestar, sin duda agudizada por la crisis, una vuelta hacia procesos de institucionalización y de nuevas formas encubiertas del viejo manicomio como los existentes en Arévalo y Palencia, que albergan a cientos de pacientes recluidos muchas veces contra su voluntad y contra todos los principios actuales de la rehabilitación psicosocial, síntoma vergonzoso de los fallos e insuficiencias de nuestro sistema, y por último y no menos importante, existen una confluencia de intereses industriales, corporativos y profesionales para reducir lo que son síntomas de la sociedad, de los vínculos y de la subjetividad de nuestra época a trastornos o enfermedades, que han de resolverse con técnicas psicológicas diversas o con medicamentos, lo que supone un reduccionismo y una simplificación con inevitables consecuencias yatrogénicas.

La era moderna de la psicofarmacología iniciada en los años 50 del pasado siglo revolucionó el tratamiento de los trastornos mentales, contribuyó a la muerte del manicomio y a la mejora de las condiciones de vida de las personas afectadas por graves trastornos psíquicos, pero también supuso un gran alivio y de ahí su expansión, en las patologías de la ansiedad y de la depresión menor. En alguna medida contribuyó a a lograr un mayor respeto por los derechos de muchos enfermos mentales. Sesenta años después observamos los efectos de una poderosísima Industria farmacéutica empeñada en rentabilizar sus productos, que ha penetrado y colonizado todas las instancias de la salud, que ha intervenido los órganos de decisión de las más importantes asociaciones científicas del mundo, que alimenta la invención de nuevos trastornos, la creciente y peligrosa patologización del malestar psíquico y la falsa ilusión de que todo sufrimiento, ahora ya convertido en trastorno, es susceptible de ser tratado con medicación.

En el ámbito de la salud pública sabemos que los recursos son limitados y las demandas y necesidades tienden a la expansión permanente y mientras, el gasto sanitario sigue creciendo y poniendo en peligro la sostenibilidad de nuestro sistema.

En el campo de la salud mental ha de ser un complejo y desarrollado engranaje de recursos sanitarios, sociales y laborales el que ofrezca una respuesta adecuada, utilizando los psicofármacos como un instrumento terapéutico de gran valor y de gran ayuda, pero nunca en el lugar hegemónico y casi exclusivo que ha adquirido en nuestro sistema de salud.

Son cada vez más las voces críticas contra la influencia y el predominio que la industria farmacéutica tiene sobre la formación de los médicos, sobre la falta de transparencia y los controles en la investigación de nuevos fármacos y sobre la manipulación en el ejercicio de la información y de las publicaciones científicas.

La Asociación Castellana y Leonesa de Salud Mental organiza hoy 10 de octubre sus XIII Jornadas Regionales en Urueña (Valladolid) para tratar el tema de Industria farmacéutica, ética y salud mental. Queremos en este foro, por una parte denunciar los peligros de que la psiquiatría permanezca demasiado dependiente de la Industria, de que consienta y sea cómplice de sus abusos e intereses y asimismo debatir ampliamente sobre esta relación problemática. Empezamos así un tiempo para dar la palabra a aquéllos que no deberían estar sometidos a conflictos de intereses, clínicos, farmacólogos, investigadores, usuarios y representantes de movimientos asociativos. Queremos que marquen el inicio de un debate abierto que también habrá de incorporar la voz de los representantes de la Industria.

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