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caballero
León

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Hace ya tantos años como para tener los recuerdos en sepia, un día como hoy, Feria del Pilar, en Boñar había paisanos con las manos grandes como atardeceres de tormenta, y reses que mugían al sol estabuladas entre las estacas de las Revillas cuando veían cómo les quitaban los jatos de las ubres, y campesinos que reventaban los puestos con sus huertas de colores surcadas por las arrugas que les curtieron el sol y el viento en las mejillas, y rapaces que estrenaban las cachas que les habían tallado sus abuelos con una vara de espino cambrón, y mozos con los pulgares engatillados en las sillas de montar, y curanderos con remedios contra la reúma , y charlatanes con el último invento para pelar cebollas sin llorar, y vendedores de zoco con fajas para el frío, calzoncillos marianos de cuello vuelto y boinas con el rabo sin capar, que da mala suerte. El mercado era una fiesta. Comprar y vender marcaba la vereda por la que se encaminaba la supervivencia del invierno. ¿Hay trato? Y se tensaba el apretón más fuerte que si diera fe un notario.

La feria se espurria ahora convertida en mercadillo. Bullicio y puestos para atraer gente, que falta hace, mientras en la capital se abre la plaza de toros para la cita anual de los Productos de León. Allí, la Diputación ha tenido este año que invertir 140.000 euros para cambiar las casetas porque las anteriores no llevaban el logo de Tierra de Sabor; para eso abrió la Junta el paraguas de su marchamo en primavera: para terminar por fagocitar el sello de calidad leonés y el esfuerzo de años de sus productores. La maniobra —si quieres dinero, ponte a mirar para Cuenca— amenaza con la uniformidad a uno de los únicos activos que había encontrado esta provincia para intentar sacar la cabeza, pero que puede acabar otra vez en un nicho (literal) en el que entregar el valor para bien de la saca autonómica como es norma común en los últimos 30 años. Todos juntos por el mismo surco a la rebusca de la patata, como con la creación de la estrategia para aupar a Gaza, a costa de intentar unificar al resto, o con la nominación de Queso castellano para que entraran por el aro los demás. Una identidad común forzada a la que se resisten la mayoría de los productores, que sólo existe en el plano político y administrativo pese a los millones derrochados en campañas de publicidad con la obsesión del sentimiento de región.

Afilador, ya subo para Boñar. Pídeme un vino del Zorro donde Cordobín, que no se me pasa este sabor a tierra.

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