Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Todos somos incompetentes en algo, incluso en aquello en que no deberíamos serlo. El consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Francisco Javier Rodríguez, es un incompetente emocional. Habla en desatino. «Para explicarle a uno cómo ponerse un traje no hay que tener un máster, pero indudablemente uno puede tener más capacidad de aprendizaje que otro». Y se refería a una profesional de su sector cuya vida corre peligro. Suponemos que él sabrá ponerse una armadura del XIII, unos botines del XIX y una corbata del futuro. «Si tengo que dimitir pues dimitiré, soy médico y afortunadamente tengo la vida resuelta». Pues será el único que la tiene, junto con quienes estuvieron durante años dándole a la tarjeta de crédito opaca. Además, ¿qué es tener la vida resuelta, saber que no te cortarán la luz o el agua por impago, ni te echarán del piso? Estas son cuestiones primordiales sólo en cuanto se convierten en problema. Lo importante es estar vivo y tener salud para contarlo. La vida hay que resolverla a diario, es impredecible. Precisamente, un buen político ha de tratar de resolvérsela a los ciudadanos. En eso ha de consistir la política, no en lo propio sino en lo de los demás. El señor Rodríguez creía tener su carrera política garantizada y hoy se estará preguntado cómo, de repente, se ha convertido en alguien tan denostado, incluso entre los suyos. Nadie tiene su vida solventada, la que de verdad importa. Para empezar, porque ésta no es un sudoku. Tampoco nadie por haber aprobado una oposición en la noche de los tiempos lo sabe todo, ni siquiera en el campo en el que se ha especializado.

Hablar de vida resuelta, en medio de tanta incertidumbre laboral y cuando hay personas que pueden morir por efector de un virus, resulta de una asombrosa insensibilidad, cuando no chulería. Da la sensación de que si raspas en el señor Rodríguez surgiría un «usted no sabe con quién está hablando». Pero ahora ya sí lo sabemos. Su caso no ha sido tanto un error de expresión como de concepción de la existencia. Muy mal arreglo.

Sí, como nos crecen en la memoria la entrega de los dos misioneros leoneses, los hermanos maristas Miguel y Manuel. Tenían sus vidas resueltas y las entregaron por amor.

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