Diario de León
Publicado por
ANTONIO MANILLA
León

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Durante los últimos años del siglo pasado, a mí me preocupaba mucho una profecía de Baudrillard que decía que en 2006 el mundo pasaría de rural a urbano en términos cuantitativos. No era una profecía, en realidad, sino una proyección estadística que se cumplió implacablemente, año arriba o abajo, por esas fechas. Como casi todo, en León, esto ya lo teníamos o había pasado antes.

Porque a la fuerza ahorcan, las gentes de los valles anegados por pantanos ya estaban instaladas desde hacía décadas en las lindes donde la ciudad pierde su nombre legionario y toma el más rural de Pinilla, con ecos de boscaje y paseos a la solana. Era enternecedor verlos buscando el sol de los parques en uno como el de Quevedo, donde casi ninguno de los árboles que allí medran lo habrían visto sus ojos montañeses antes, calada la boina y la cacha entre las piernas. Pero aquello no duró mucho. Ignoro si es leyenda urbana o terrible realidad, pero lo que se cuenta a pie de calle es que casi ninguno de ellos superó más allá de un par de inviernos capitalinos, no fueron capaces de resistir el obligado desahucio. No digamos tristeza: sería la tierra, el sol o el agua. Murieron como árboles transplantados en un otoño sin lágrimas.

Ahora, por los efectos de esta crisis que el sabio Manuel Alcántara predijo que iba a ser larga por los dos lados, la gentes están volviendo de las ciudades al campo. De la ciudadana urbe impersonal a la ubérrima ubre pueblerina. Lo que en los años de bonanza se planteó como restauración de la antigua casa solariega para segunda residencia, ante la ausencia de oportunidades ha pasado a ser obligada vivienda principal en muchos casos. Ahí hay un abismo y un drama seguramente. Pero también un reto y una oportunidad. La de volver al origen es la más obvia, pero la consiguiente es la de hacer de la necesidad virtud y retomar usos y maneras de un ayer que estaba en un tris de perderse en una o dos generaciones.

Chacinas a la vieja usanza, yogures naturales, pastas de la abuela, de entre las maravillas gastronómicas, surten los paraísos de sabores olvidados que son esas pequeñas tiendas que están proliferando por León y de las que sólo no nos gusta el nombre ese de «delicatessen» que a veces las acompaña. Ricas despensas del pasado a nuestro alcance de pobres urbanitas apresurados.

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