AQUÍ Y AHORA
El tendedero
La ropa sucia se lava en casa pero no hay detergente para tan enorme colada. Hay que repartirla entre otras muchas que ofrecían su hospitalidad, incluso la Casa del Pueblo. Nos bombardearon la infancia; nos alinearon la juventud; sin duda para que nos acostumbrásemos a hacer cola, y nos hicieron esperar para que pudiésemos expresar nuestra opinión sobre los remedios que cada uno de nosotros creyera aplicables para corregir la más sangrienta de las enfermedades, que es siempre para cualquier país, la guerra civil. Total, cincuenta años. Era la edad que tenía cuando pude votar. Ahora no es que tenga muchos años, es que los tengo todos.
Me acuerdo de cuando Julián Marías, perseguido y enmudecido, nos explicó, desde su inmarchitable dignidad, la experiencia generacional de su hornada. Dicho en sus palabras, España se partió en dos, «los injustos vencedores y los justamente vencidos». Han pasado los años cumpliendo con su obligación, que es solo esa, pasar por los seres humanos, que damos muy mal resultado porque duramos muy poco. Lo de ahora tiene menos hemoglobina, pero también chorrea sangre. Nos merecíamos la paz, pero no nos estamos mereciendo la democracia por culpa de los ladrones infiltrados en los partidos. Todos se echan en cara sus reiterados casos de corrupción y a ninguno le faltan razones. ¿Por qué se llevarán tan mal nuestros líderes? Hay tanta ropa sucia que lavar que todos se ponen como un trapo.
La llamada operación Púnica va a traer mucho más cola que la bata de la tonadillera Isabel Pantoja. En el tablao se echan en cara Rajoy y Sánchez sus respectivos casos cochambrosos de corrupción. El último truhán empapelado, Francisco Granados, está en el trullo, pero hay un largo turno de espera. Las tintorerías no dan abasto y el único que no se impacienta es el joven Pablo Iglesias. Entre unos y otros lo están haciendo un hombre, pero él quiere ser un hombre de Estado.