La opinión del lector
Dos casos
cerrados y...
Mi amigo durante una charla desenfadada me dijo. —He visto en televisión una película preciosa, fue premiada con el Óscar el pasado año. Se cuenta en ella unos hechos ocurridos en Inglaterra al principio del siglo XX y al final del reinado de Jorge V.
Su hijo primogénito Eduardo, heredero del Trono, no mostraba ningún interés ni deseos de ser rey, por estar feliz libre de obligaciones y estar además enamorado de una mujer que no podía ser reina.
Su hermano, como segundo heredero del trono, padecía una molesta tartamudez, mala cosa para un soberano que tendría públicamente que hablar.
Cuando se presentó formalmente la pretensión de que el primogénito fuese nombrado rey de Inglaterra con el nombre de Eduardo, del tribunal competente para aceptar que así fuese un miembro de él se levantó y dijo: «El pretendiente ha manifestado que su amada, con la cual vive, ha de ser la reina y eso le invalida como próximo Eduardo VIII rey de Inglaterra», como saben todos sus miembros de ese Tribunal: «Nuestra constitución lo prohíbe».
Siguió el silencio absoluto. Como si dijera «caso cerrado». Su hermano reinó como Jorge VI.
Mi amigo prosiguió. —Como sabes el plebisticio de Escocia consistía ahora en elegir el sí o el no; la mayoría optó por el no.
Al día siguiente de conocido el resultado alguien madrugador preguntó al primer ministro Cámeron qué tenía que decir respecto al resultado y éste seguro y serio contestó «Lo de Escocia es caso cerrado».
Mi amigo me dijo que estos dos casos eran como dos brisas de aire perfumado por flores silvestres que consolarían a todos los afligidos por la pena que sentían al notar que de este mundo se había ausentado la sensatez para siempre. Pero no «la sensatez humana vivía». Los dos ejemplos anteriores lo confirmaban.
Entonces me permití opinar yo: Como es archiconocido, en el Noreste de la Península Ibérica ha aparecido una petición refractaria a toda sensatez, que de tanto oírla aburre a cualquier varón, sea santo o demoniaco.
Se pide un buen trozo de la Península para implantar en él una nación de régimen democrático libre con las manos listas y abiertas para saludar y abrazar a tantos pueblos hay en el mundo.
Para conseguir esto necesitan la aprobación de los de aquí; cuantas peticiones llegan de allí pidiendo tal aprobación, los de aquí contestan: «Lo que diga la Constitución», la cual allí la deben considerar como si fuese una cataplasma para remedios caseros usados en tiempos pasados.
¿Qué solución cabe aplicar para dar el penoso espectáculo por terminado?
Me atrevo a recomendar lo que dijo nuestro Quevedo al respecto: «si ustedes dan en pedir, nosotros daremos en no dar y así daremos todos».
Seguro que cuando dijo estaría pensando: «Caso cerrado».