FUERA DE JUEGO
El muro no cayó
El muro de Berlín es probablemente el mejor símbolo de ese siglo XX en el que algunos intentaron que no se viese más allá. A pesar de que nos lo han repetido hasta la saciedad, el muro no se cayó, fue derribado. Ni se cayeron las torres gemelas, ni tampoco la T-4. El muro de la infamia lo tiraron quienes se hartaron de que les encerrasen para que no tuvieran siquiera la oportunidad de ver que hay algo diferente al otro lado. Los que sufrían un mal muy común entre los totalitarios, a los que les une la necesidad de tirar a matar y poner minas para que no se les vayan aquellos que están dispuestos a pensar e incluso, si llega el caso, a opinar.
Curiosamente ese aniversario berlinés coincidió con la apertura definitiva del melón catalán. Esa orgía nacionalista que tuvo más de noche de los cristales rotos que de verdadera democracia. El linchamiento social hacia quienes piensan distinto ha generado miles de exiliados dentro de España, algo impensable en una democracia occidental. Y como consecuencia directa de esa libertad de cartón se ha generado un fichero informatizado con los datos de todos los que se sumaron a la fiesta que culmina las celebraciones de aquel Estatut.
Personalmente lo que más me repugna es que seguro que fueron muchos los que se vieron obligados a acudir el domingo a las urnas de cartón porque ayer, lunes, tenían que ir a trabajar, abrir el comercio o llevar los hijos al parque. Los que no querían quedarse al otro lado del muro que de algún modo genera ese listado infame de quienes siguen empeñados en dividir.
Echo en falta voces exigiendo que se garantice la igualdad de todos los ciudadanos. Reclamar hoy diálogo es seguir rompiendo cristales y mirar para otro lado ante el problema. Aceptar cualquier tipo de cálculo de votos, recuentos o respaldos es validar lo que en ningún país democrático se aceptaría, que alguien convoque un referéndum —da igual la estéril batalla dialéc-tica— pagado con dinero público que no cumple ningún tipo de garantía.
El ‘España nos roba’ da frutos. Eso es innegable. Crear un enemigo... culpar al otro... mirarse el ombligo... sin aceptar la realidad. Es crear muros que sólo sirven para empañar la imagen de lo que está ocurriendo. Es el pan y circo que no conduce a nada porque mirar al vecino agazapado detrás de la sebe es estéril. Y es ruin si se pone zancadillas a quienes sufren los muros.