CUERPO A TIERRA
El estómago de la serpiente
Las apariencias engañan. El saber popular suele ser más popular que sabio, pero en este caso la proporción de acierto del aserto al menos iguala a la del método Ogino, otro caso de mera observación del mundo elevada a categoría. Y es que por muy estupendos que nos pongamos pensando en nuestra inteligencia humana, tenemos que reconocer que nuestra principal estrategia de aprendizaje siempre ha sido el modelo prueba-error. Lo sabe cualquiera que se haya partido la crisma al filo de lo imposible o intentado montar un mueble de Ikea alguna vez. No repite. Como especie somos muy devotos de la estadística. Pero también seguimos teniéndole mucha fe a las apariencias. Quién no conoce a algún fan de la-primera-impresión-es-la-que-cuenta que ha terminado devorado por un odio balcánico hacia aquel ser celestial al que entregó su íntimo baúl de afectos puede que con alguna precipitación.
Nadie confundiría a E.T. con un hombre. Ni tan siquiera con alguno de los predecesores cercanos al primate que los arqueólogos desentierran cada día y sólo esporádicamente, coincidiendo con sus campañas, presentan en sociedad. Pero a Superman sí y Superman era un alienígena con todas las de la ley. En la «alienigenidad», incluso superaba a E.T., que era tímido y discreto, tirando a doméstico, como quien dice un Woody Allen de los extraterrestres. El creador de Superman, Jerry Siegel, ideó un personaje taimado que diera el pego de humanidad hasta el punto de ser capaz de amor. Hacia una mujer feromonalmente confusa, Lois Lane, pero mujer al cabo.
Las apariencias empañan nuestra percepción del mundo. Son como un vaho que distorsiona nuestros sentidos y nubla nuestro entendimiento. Un ruido que, en ocasiones, está orquestado aunque sigue siendo ruido por mucho que nos lo presenten como música. Y eso es lo que está ocurriendo ahora en el País Vasco: la arquitectura del engaño, el cultivo de la distorsión, la mentira labrada con esfuerzo como carta de presentación. Pero los reptiles no son reptiles por el veneno que instilan, sino porque caminan sobre su estómago. Si alguien quiere otorgar a la serpiente asesina capacidad de negociación, pensando que de un día para otro le han surgido extremidades y va a tender una mano amiga y franca, es porque está olvidando que el estómago sobre el que cada vez más trabajosamente se arrastra está lleno de muertos.