EL RINCÓN
Irse a otro sitio
Las crónicas marcianas han pasado a la crónica de sucesos y Ray Bradbury ha reemplazado al profeta Elías, que nadie sabe si acertó algo, ya que sus conjeturas se han perdido en la noche de los tiempos y ahí no amanece jamás. Esta pequeña provincia del mundo, que es una galaxia suburbana en los extrarradios del cosmos, está orgullosa por haber situado la primera nave sobre un cometa. Algo es algo y si constituye un hito incluso parece más.
Cuando llegamos a la Luna, un poeta italiano festejó el sideral acontecimiento diciendo que el ser humano, «con su inteligencia laica, había puesto un astro entre los astros». Ahora ha puesto una nave sobre un cometa.
Se han tardado muchos años, quizá demasiados, pero ahora ya sabemos que las cosas del espacio van despacio.
Un oscuro instinto colectivo nos hace sospechar que aquí no se va a poder vivir cuando pasen los siglos y estamos en los primeros trámites de la mudanza. No es previsible que la llamada Humanidad quepa en este belicoso planeta. A pesar de las guerrras y del ébola, cada vez somos más y nos llevamos peor. Llegará el momento, previsto por el valeroso clérigo Malthus, donde no cabrán todos. Los recursos del mundo son limitados y la procreación siempre tiene adeptos. Llegará el día, tras millones de noches, donde habrá más comensales que comida. Esa sospecha cierta es la que mueve el sombrío destino de la tribu humana: buscar un sitio de acogida. No se descarta que otros planetas sean más acogedores, pero como en casa de uno en ninguna parte.
En la Tierra hay mares, lo que permite contemplar atardeceres y sentir cierta melancolía y darse cuenta de que eso sólo será posible durante una temporada cortísima que llamamos vida. Esto es visto y no visto.
Un pestañeo de los inmisericordes dioses o una vacación que no se sabe si nos merecemos todos. Por lo que pueda pasar cuando nosotros pasemos, le estamos buscando hospedaje a los que vengan. Eso es la sonda Philae. Ha aterrizado en un cometa donde no se sabe si hay tierra, ni si es posible sembrar algo que sirva para alimentar a la gente o sembrar sólo la discordia.