Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

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A unque ya lo había tratado antes, a Mario Pérez lo conocí en Berlín. Un grupo de profesionales de la comunidad fuimos a la capital alemana a conocer de cerca uno de los lugares escénicos más dinámicos del continente. Habían pasado unos pocos años desde la caída del muro y la ciudad era un hervidero social, político y cultural, plagado de espacios radicalmente contemporáneos que atraían a jóvenes de toda Europa, a los que se sumaba un público local multicultural y desprejuiciado.

Después de ver una rompedora versión de un clásico de Chejov en el Deutsches Theater, nos dejamos caer en un restaurante cubano. La sobremesa se alargó con roncitos, canciones y recuerdos. Los dueños del local eran de Sagua la Grande, el mismo pueblo del norte de Cuba donde había nacido la madre de Mario. Y salió entonces la historia de su madre tomando café con el Che. Y la del líder guerrillero reclutando combatientes que siempre se apellidaban Pérez y eran todos primos. Y las canciones de Carlos Puebla y lo de «cuando todo Santa Clara se despierta para verte». Y, si ello fuera posible, tal vez algún mojito de más.

Mario relató aquella noche su llegada a España. Nos contó cómo, volviendo de un viaje desde Praga, en una escala en Barajas, decidió de pronto echar a correr. Y corrió por la zona de tránsito del aeropuerto sin saber bien dónde iba. En su huida hacia adelante cayó en brazos de las autoridades y pidió refugio. Y aquí se quedó para siempre.

Aquella noche fue más larga de lo debido. Los garitos de Tacheles eran pura dinamita musical. La fauna noctívaga de aquel Berlín en construcción era un grupo de figurantes de Mad Max 3. Y en los alrededores de la sinagoga había bares que no tenían ninguna prisa en cerrar.

El público de las artes escénicas no tiene por qué saber que detrás de cualquier obra de teatro hay un buen número de técnicos anónimos, que son los primeros en llegar y los últimos en marchar del escenario. Hay taquilleros, porteros, personal de sala, limpiadores o maquinistas, sin cuyo trabajo no habría espectáculo. Y hay personas que han diseñado, programado y planificado el acto con meses de antelación.

Mario Pérez es una de esas personas. Ayer se le homenajeó en Valladolid por su próxima jubilación, después de tres décadas dirigiendo la programación cultural de la capital castellana y desarrollando en ella una intensa, apasionada y fructífera labor en ámbitos muy diferentes del teatro de esa ciudad. experiencia, su talante abierto y colaborador y sus conocimientos han sido un referente para los profesionales de la gestión en esta comunidad.

Por eso hoy me apetecía escribir sobre este tal Mario, con el que me emborraché una noche en Berlín.

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