RÍO ARRIBA
Los impostores
E s cierto que nunca conocemos a nadie del todo. El portero me dijo en una ocasión que el vecino del quinto, incluso cuando bajaba en chándal a comprar pan, se parecía a Mariano Rajoy, y un día, al cruzarme con él y verlo con barba de una semana, tuve que admitir que el portero tenía razón.
España es un país de trileros, por supuesto, pero también de impostores. El último espécimen es el Pequeño Nicolás, cuyas andaduras por Cancillerías, Palacios Reales, Subsecretarías y Despachos de Comunidades Autónomas, resulta casi embriagadora, argumento sólido para una película chorra de Woody Allen, o en clave patria, de Berlanga, y si me apuran, de una historieta de Mortadelo y Filemón. Este muchacho está llamado a ser, no solo carne de Sálvame o Melocomotodo Chef, sino, a poco que se lo proponga, líder de algún partido mesiánico y racial que ponga las cosas en su sitio en este país. Acostumbrado a moverse como pez en el agua entre canallas de postín, no le costará hacerse con las riendas de un estado de opereta como el nuestro.
No obstante, el premio al mayor impostor puede que se lo tenga ganado el señor Artur Mas. Ahí tenemos a un tipo que, con su recio mentón de gladiador, apenas aspiraba a ser extra en una película de romanos y ahora camina por el Paseo de Gracia como el mismísimo César. Que haya conseguido embaucar a tantos tenderos, albañiles, doctores, futbolistas, sastres y músicos, es algo digno de admiración y casi lo convierte en un Ente Ontológico, algo así como el Ojo de Sauron , que como todo el mundo sabe era una vagina ardiendo, y es que el señor Mas ha venido al mundo a joder al resto de los españoles. Para ser justos, lo propio es que lo acaben entrullando junto a La Pantoja, otra impostora que parecía una tonadillera y en realidad era la protagonista de una peli de gánsters.
Todos estos impostores, claro está, han necesitado contar con la ayuda inestimable de muchos idiotas y de un puñado de listillos. Está por saberse quiénes eran los padrinos de Petit Nicolas y hasta qué punto los fieles de la Pantoja están dispuestos a montar un tablado frente a la cárcel de Alcalá de Guadaíra. Lo de Catatonia, perdón, Catalonia, requirió de un tinglado mayor, empezando por el Estatut que parieron Zapatero y Maragall y siguiendo por aquella campaña de firmas que organizaron los del PP, que tanto recordaba a las cuestaciones del Domund.
La impostura siempre ha formado parte de la naturaleza humana, pero aquí es como si fuese nuestra segunda piel. Pero no se lleven a engaño : los impostores más peligrosos son aquellos que, militando en un partido, se creen a pies juntillas sus propias mentiras. Si volaran, como se dijo una vez de los canallas, no se vería el sol.