LA LIEBRE
El gancho
E l último invento para patentar en esta tierra es el gancho. Un artilugio simple, de fabricación casera, que se monta a partir de materiales de desecho: un palo de escoba o un trozo de hierro y una punta curva colocada con un poco de ingenio en uno de los dos extremos. Útil, básico y con dos aplicaciones principales: sirve para mantener la tapa del contenedor sin que se cierre y vale para escarbar entre las bolsas lo aprovechable. De momento, no ha entrado en el catálogo de Ikea, pero con la demanda existente cualquier día lo ponen en las ofertas junto a la mesita Hemnes y la estantería Billy. Si no lo han visto es que no ponen mucha atención cuando pasan al lado de los contenedores al cierre de los supermercados, cuando vencen los puestos del mercado de la fruta y la verdura de la Plaza Mayor, cuando todavía no han llegado los camiones de la recogida de basura y aparecen por los barrios personas a la rebusca. Son ciudadanos sin perfil reconocido antes dentro de los tratados que etiquetaron a los pobres como riesgo en exclusión: antigua clase media sin empleo ni sueldo en casa desde hace más de dos años, jubilados a los que la pensión no alcanza para comida y medicinas, padres con nóminas precarias que por mucho que se estiren no dan para sustentar a hijos y nietos a la vez. No pasa sólo en Nueva York, ni en los documentales de Callejeros por los barrios de Madrid. Sucede en León, donde cualquiera remesa de entregas del banco de alimentos supera con creces la mercancía que se factura un sábado por la tarde en el Mercadona de la Universidad. La cara B de la ciudad no tiene nada que ver con los discursos políticos sobre la recuperación económica, ni con el cuento de la cobertura social de las administraciones públicas, que no son más que cuidados paliativos que salen adelante por el amor propio de los trabajadores y voluntarios. Hay una realidad que duerme al raso tupida de mantas en los bancos a la entrada de Papalaguinda, que hace cola a la puerta de Cáritas y Cruz Roja, que no tiene para pagar el certificado médico exigido para un empleo, que se sienta en el alféizar de la ventana de la oficina comercial del periódico en Gran Vía con un cartelín a los pies en el que pide ayuda mientras, para no pensar mucho, lee libros gordos que saca de la biblioteca pública. Ya ha acabado las dos primeras partes de Cincuenta sombras de Grey . Dicen que engancha.