Diario de León
Publicado por
Manuel Arias Blanco. profesor jubilado de Secundaria
León

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E s extraño encontrarse en el Camino de Santiago a algún peregrino leyendo mientras camina; resulta chocante ver a algún viandante caminar y leer al mismo tiempo. Y resulta sorprendente ver en plena calle a un mendigo que esté leyendo un libro al tiempo que deja un cuenco para que depositen en él algunas monedas. Y una leyenda en forma de pizarra argumentando su situación: sin recursos. Pasa uno al lado y no se inmuta, sigue leyendo su libro, tal vez una historia sobre la abundancia. Este es el mundo que estamos creando poco a poco. Hasta los hombres cultivados se ven en la tesitura de mostrarse al público agobiados por la necesidad. Ojalá que cuando acabe su lectura sea real la historia que está leyendo, haya acabado la pobreza.

Si es ya de por sí deprimente el hecho de que alguien tenga que recurrir a pedir limosna, quizá la insólita estampa de un hombre leyendo atrae doblemente. Por un lado vive ajeno, sumido en su mundo de fantasía. Por otro, la necesidad le hace bajar al lodo de la vida y mancharse. ¡Qué pena! Algo estaremos haciendo mal para que tengamos estas estampas cotidianas que hieren en lo más íntimo. Ya no podemos caer más bajo. La Gran Vía de León nos sumerge en la biblioteca real de la vida.

Es cierto que esto del salario mínimo para todos suena a demagogia y puede que lleve por derroteros impensados. Yo mismo pienso que sería justo que cada cual tuviera un salario y una casa. Pero esto que suena tan socialmente, quizá tenga que pasar el tamiz de otras encrucijadas. No todo puede ser tan fácil, aunque el drama nos visite a cada instante. Y si yo he caído en la pura demagogia, no olvido que debe haber algún camino que facilite la vida a todos y cada uno de la manera más digna y honrosa.

Con la crisis la desigualdad ha crecido. Parece que hay más ricos, parece que la clase media ha perdido fuerza, parece que la pobreza abunda más. Ahora incluso algunos trabajadores no tienen ni para vivir dignamente. ¿Qué nos está pasando? Los albergues y los salarios mínimos deben ser coyunturales, no la norma a seguir. Es muy loable que los ayuntamientos —como el de León— «impidan» el espectáculo del mendigo pidiendo. Es muy de reseñar que haya entidades que auspicien a los más necesitados. Pero, por encima de todo, el estado ha de velar por un progreso de la persona y eso solo se alcanza con el trabajo y una economía independiente. Este es el camino que se ha de trazar desde el poder político.

Soy partidario de que se propicie el acceso al trabajo a todos. Primera piedra. Siempre habrá una pequeña porción de ciudadanos que no quieran someterse al yugo de la ley o de la disciplina y se tomarán la vida a su aire, sin ataduras, a expensas del saqueo y de la caridad. Con esto contamos. Pero fuera de estos casos, escasos, los demás piden a gritos un puesto digno de trabajo. Hay que facilitárselo, como sea. A estos es a los que me refiero cuando hablo de un salario mínimo. Y si las circunstancias no facilitan un puesto de trabajo, entonces las entidades públicas han de colaborar en este cometido. Puede ser que el recurso de «trabajos comunitarios» sea la salida más fácil para que el ciudadano reciba un salario a cambio de unas tareas para el bien común. Ya no sería un salario por la cara. Sería una retribución por tareas comunitarias en tanto no salga algo acorde con los estudios realizados. Sería un trabajo mientras no tenga acceso a otros cargos de más relevancia y afinidad.

No es plato de gusto ir por la calle y observar escenas de mendigos al borde de la humillación, las más de las veces por verdadera necesidad. Es lamentable. Ni siquiera cuando el mendigo se cobija tras la lectura. No es la mejor estampa para este siglo tan técnico, para esta sociedad que tanto despilfarra, para tanta gente que no tiene ni tiempo para gastarse el dinero que acumula. No es de recibo que una persona que lea a la vista de todos nos esté señalando el camino equivocado que llevamos. Porque eso es lo que nos está diciendo con su vista tendida en las páginas escritas. Está leyendo a la intemperie para decirnos que se exhibe por necesidad, para decirnos que estaría más a gusto sentado en un butacón con su güisqui y su climatizador, pero las circunstancias le han llevado hasta la calle. Esa es la denuncia que nos presenta. Podemos mirar para otro lado, pero la estampa de la desolación quedará impresa en nuestra memoria mientras no ajustemos las claves para una armónica sinfonía integrada por todas las voces de la tierra.

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