Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

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D ebe ser que no tienes bastante con tus propios sueños pendientes de ser soñados. Sólo así se explica que acabaras en un sueño ajeno. Estabas en el de César Gavela, el que contaba en este diario hace unos días, en el que Ponferrada tenía medio millón de habitantes y era la capital de un Reino de León unido en confederación con el norte de Portugal. Debe ser que a los sueños le pasa lo que a los resultados electorales, que cada uno los ve como le da la gana. El caso es que estabas en un sueño ajeno. César y tú andabais como Quijote y Sancho, discutiendo por los caminos del Bierzo sobre molinos y gigantes.

César fabulaba. Y fabulaba muy bien, como siempre. Decía que íbamos al aeropuerto internacional «Antonio Pereira», que no estaba en Dehesas sino entre Cubillos y Cabañas Raras. Donde los vacíos restos de un polígono industral eran devorados por los zarzales Gavela me iba señalando las pistas aeroportuarias. Los grajos que picoteaban las moras maduras eran aeronaves despegando hacia los límites del reino, allá por Medina de Rioseco o los barrancos de Vila Nova de Gaia.

Desde un alto en San Andrés de Montejos te mostraba el barrio de las embajadas, indicando el punto exacto en el que lucía sus cruces la Union Jack. Y era inútil que tú le insistieras en que lo único que se veía eran chamizos humildes de huertos cultivados por ancianos prejubilados de la mina y lo que creía banderas no eran más que trapos colgados de los cerezos para espantar la voracidad de los gorriones.

Unos adolescentes jugando al fútbol en un descampado de Flores del Sil era un duelo en la cumbre en el Toralín entre la Deportiva y el Boavista de Oporto. Los ancianos tomando el sol eran senadores del Reino debatiendo un proyecto de ley sobre la incorporación del ancarés como lengua cooficial del Estado. Las viviendas vacías de la Rosaleda eran hoteles en los que se alojaban turistas de toda el mundo.

Se os incorporaba de pronto un tercer interlocutor. Llevaba aro en el lóbulo izquierdo, piercing en la lengua y rastas colgantes hasta la rabadilla. Daba caladas profundas a un cigarrillo que olía a fragancias de oriente. Estudiaba Políticas en la Complutense y estaba haciendo trabajo de campo para su tesis sobre la decadencia de territorios en otro tiempo activos económicamente.

Os observó un buen rato sin meter baza con mirada de entomólogo fascinado ante una nueva especie de escarabajo. Cuando acabó el cigarrillo que olía a fragancias de oriente escupió algo sobre la inoperancia de las sociedades ancladas en viejos sueños de grandeza. Fue decir «sueños» y te despertaste. Pensaste en llamar a César para contarle el caso. Comunicaba: estaba hablando con el embajador del Reino de León en Bruselas.

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