TRIBUNA
Muerte de Tránsito
En 1936 Tránsito Domínguez tenía 13 años. Por ahí andaba también Manuel Rodríguez, hijo de D. Jesús Rodríguez Carballo, gallego de Carballino, que en julio de ese año hubo de esconderse en el monte para salvar la vida. D. Jesús era el médico del ayuntamiento de Encinedo y tenía una hermosa casa con galería acristalada en Quintanilla de Losada. En las elecciones de febrero anterior había hecho campaña a favor de Izquierda Republicana, con visita incluida de personalidades destacadas, como Félix Gordón Ordás, de modo que al estallar la guerra desapareció prudentemente de la circulación, escondido en la casita con corral para el rebaño que una familia de Ambasaguas tenía en el fondo de un valle de los que surcan el flanco norte de la Sierra de Cabrera Baja. Logró al fin, pasado un tiempo, salir de Cabrera, se decía que disfrazado de sacerdote y tras sortear algún momento de gran apuro, escondido ahora en un horno en Iruela. Llegó a su pueblo y ya no fue molestado. Su familia lo siguió y desapareció de Quintanilla. En los años 90 apareció un día por Ambasaguas, el barrio de Quintanilla donde vivía Tránsito, José Bono, presidente por entonces de Castilla-La Mancha. Le quedaba de paso, viniendo de Galicia, y se detuvo acuciado por la curiosidad de conocer insitula historia de aquella familia, que era la suya, en cuanto casado con una hija de Manuel, nieta por tanto de Jesús, y Tránsito le contó muchas historias y anécdotas de aquellos tiempos de su infancia, coetánea de la de su suegro.
La suya sola contaba otra historia singular, ahora en su propia familia, en la persona de su abuelo paterno Aniceto, con el que se crió en su casa de Quintanilla. Aniceto era de Trabazos, nació en 1857 y le tocó hacer el servicio militar en Filipinas, donde estuvo muchos años al lado de un oficial médico. Cuando volvió, equipado con los conocimientos adquiridos, hizo de la práctica sanitaria su profesión. Se casó en Quintanilla. Recorría los pueblos del entorno montado en su caballo y cubierto con una bata o blusón, pretexto para que Salvador, el maestro de Trabazos, lo apodara «el Mandilón». Mutuamente se zaherían con invectivas humorísticas en versos pareados. La práctica clínica incluía la extracción de muelas y dientes con un instrumento llamado «gatillo». Tenía también una balancita de precisión para fabricar preparados de farmacopea, en particular unos «sellos» excelentes para los nervios a base de una amapola, cuyas semillas había traído de Filipinas. Él mismo las cultivaba en el huerto de su casa y allí, emigradas a un muro de la huerta, siguieron saliendo muchos años después de su muerte en 1937, hasta que ya en torno a finales del siglo un día se presentó la guardia civil para erradicar aquellas amapolas de pétalos mucho más grandes que las del país. La gente se enteró entonces de que eran «droga» y alguno más viejo recordó los antiguos «sellos» reparadores de la felicidad. Aniceto murió, como decía, en 1937, de modo que Tránsito a los 14 años llevaba encima una guerra, aunque fuera de sus antepasados en la persona y los recuerdos incansables de su abuelo, y otra a la mitad. Luego, le tocó una posguerra y fue peor.
En general, no se llegó en Cabrera a padecer situaciones de hambre, pero todas las demás condiciones eran de precariedad. Hubo por entonces en La Baña un mozalbete conocido en todos los pueblos por sus fechorías y hurtos. Sus paisanos le pusieron un apodo contundente: el Ruso, definitorio de la maldad absoluta en la mentalidad de los tiempos que corrían. Con cierta frecuencia, bien fuera la guardia civil o tal vez la policía que durante algunos años de esa primera época de posguerra también anduvo por aquí, le echaban el guante y tras darle una buena tunda a veces se lo enviaban al juez de paz. Por casualidad, este juez, llamado Agustín, que vivía en Ambasaguas, era hijo de Aniceto y padre de Tránsito. Muchos años después, ya en la década de los años 70, el novelista vasco Ramiro Pinilla lo convirtió en personaje de novela y como tal se dedica a denigrarlo; decía, por ejemplo, que para el perdón del robo de turno, le imponía llevarle algún animalito comestible, que por supuesto tenía que robar, para así ilustrar la célebre canción «Volver a empezar»; y es que el Ruso era un artista. La realidad exacta y ya no novelesca era otra. Es cierto que a veces la guardia civil se lo llevaba al tío Agustín, que le echaba una buena reprimenda y lo encerraba en una cuadra. Tránsito misma, que ya estaba casada, o su hija mayor Eloína iban allí a llevarle algo de comer. Por la noche se largaba con toda tranquilidad hasta la próxima.
Tránsito Domínguez acaba de morir a los 91 años. Todas esas historias, que ella recordaba siempre como el paisaje emocional de su vida desde niña, se alejan un poco más en ese territorio impreciso de la leyenda, ahora que ella se ha alejado también.