NUBES Y CLAROS
Mi pequeño Nicolás
Lo que más me fastidia no es el desparpajo chulesco de listillo, que también. Ni las ínfulas ni el complejo de superioridad, que también. Ni el hecho de que entre lo que se sabe, lo que se oculta y lo que se desmiente quede patente que la cultura del pelotazo y el negocio fácil está en los genes del país en sus dos versiones: la del jeta, que siempre encuentra nicho de mercado; y la del pardillo, porque nunca falta quien cree que pasan burros volando, y que hay favores y facilidades que caen del cielo de los conseguidores a precios nada módicos, pero que compensan los renglones que debían ser derechos en los despachos públicos y privados.
Lamentablemente tampoco me sorprende en absoluto que haya cargos públicos y empresarios privados supuestamente hechos y derechos que se dejen engatusar por encantadores de serpientes de los que mi abuela desconfiaría hasta para ir a atropar duros; aunque no deja de preocuparme que haya tantos y tantos que se crean las fantasías animadas de ayer y hoy de los malabaristas que deslumbran con juegos que se traducen en la magia del nada por aquí, todo para mí.
Me fastidia, vale, pero sólo hasta cierto punto; porque comparto la reflexión del filósofo respecto a que la estupidez es mucho más apasionante que la inteligencia, porque la estupidez no tiene límite.
Lo que de verdad me revienta del fresco del barrio de este año es que amenace con emborronar a un ídolo que muchos hemos tenido durante décadas, y que seguimos atesorando como lectura de cabecera cuando la necesidad de frescura, ingenio y ternura nos apremia, cuando necesitamos imperiosamente que una sonrisa asome a nuestros labios.
El de Goscinny. Ese es el pequeño Nicolás. Con sus inseparables Clotario, Godofredo, Agnan, Alcestes y el Caldo. El que interpreta con mentalidad infantil y tanta inocencia como agudeza el mundo de los adultos y los argumentos e inquietudes que mueven a los niños. «Me encontraba muy bien ayer, y la prueba es que me comí montones de caramelos, de bombones, de pasteles, de patatas fritas y de helados, y por la noche, me pregunto por qué, así, de repente, me puse muy malo. El médico vino esta mañana. Cuando entró en mi cuarto lloré, más por costumbre que por otra cosa, porque conozco muy bien al médico y es terriblemente amable...»
Ese, el que dibujó con trazo también infantil Sempé, es el pequeño Nicolás. El otro apenas representa un patético reflejo de la estulticia que se resiste a dejar de adornarnos.