AL TRASLUZ
Poder y dominio
Fui a ver El hobbit. La batalla de los cinco ejércitos. La sala estaba a la mitad de su aforo, el día mismo del estreno. Lo achaqué a la crisis. Al final de la película, Bilbo regresa a la Comarca con algo muy valioso en su bolsillo. Lo que sucederá después ya lo sabemos. Tolkien nos ofrece enseñanzas sobre nuestro presente, si no nos quedamos en la aventura exterior. Él mismo combatió en la batalla de Somme, una de las más cruentas de la Gran Guerra. Tanto El hobbit como El señor de los anillos tratan, entre otros temas, sobre la libertad de elección. En ambas historias el poder es bueno si sirve para tomar decisiones justas, que además no pueden imponerse y han de estar ejecutadas de acuerdo a un noble código de valores. Lo que ocurre es que no siempre así. Pero no confundamos el ejercicio de un poder legítimo con la voluntad de dominio. ¿Estamos asistiendo a la batalla final contra la crisis? Necesitaremos algo más que cinco ejércitos. Son perceptibles ciertos indicios de recuperación, pero también tendremos que preguntárselo a las víctimas. ¿Volverán a abrir los comercios de barrio que cerraron y a trabajar quienes perdieron sus empleos? ¿O tan sólo sus locales y puestos serán ocupados por otras personas más jóvenes y con salarios más bajos? Es imprescindible que el poder se ejerza no sólo con honradez sino también con majestad espiritual. Por ejemplo, el papa ejerció el suyo y contribuyó al desbloqueo a Cuba. Lo utilizó para el bien.
El poder no es malo en sí mismo. Cuando es legítimo y ejercido noblemente permite corregir injusticias, proteger al débil, organizar y gestionar... En cambio, la voluntad de dominio resulta perversa desde su esencia. Corrompe y obliga a corromper, actúa como un contagio.
A la salida del cine me pregunté si he conocido a alguien que, como Sauron, quisiera tener «un anillo para dominarlos a todos». A unos pocos. Acabaron mal o llevan camino de ello. Sí, no confundamos poder con dominio. Es una película muy bella y al final ganan los buenos. Aunque, como sabemos, los malos pierden la batalla pero no la guerra. Aún no. Como dijo Kipling «eso ya es otra historia». Por cierto, para la siguiente sesión ya había una larga cola. Sonreí.