Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Las navidades son todas pasado rebasada la adolescencia. A partir de una edad, cuyo ecuador marcan las primeras desapariciones de quienes nos enseñaron los ritos, nunca se viven las pascuas del año natural, sino todas las que pasaron antes con su incesante sucesión de ceremonias comunes: su árbol preñado de bolas de colores, espumillón y la estrella en el picuruto, su escaparate inabarcable de regalos en casa Preciosona, su belén con el musgo recién cogido en el pinar de Adrados y su río de papel de plata, sus turrones para llorar por los familiares y amigos que vuelven como indianos, sus villancicos en bucle cargados de pandereta con letras básicas y tolerablemente irreverentes como si las hubiera compuesto Melendi, sus 28 de diciembre mortificados de inocentes con el monigote prendido en la espalda para dar bula a los pecados de los rapaces, su pastorada con rabadanes y zagalejos que se trastabillan en la ofrenda de la zamarra al niño querido, sus reyes magos a caballo por las calles, sus niños en los que vuelves a tener la ilusión de que eres capaz de mirar como la primera vez para renombrar el mundo y que todo cobre sentido.

Las navidades son un relato ininterrumpido que admite trucos de guión. Un escenario perfecto para resucitar por ejemplo a Berlanga en el barrio de Armunia, donde esta semana se ha dejado la lotería 6 millones de euros entre los ancianos de la residencia y los gitanos que compraron a plazos los décimos, como si fuera el televisor de plasma. Ole qué arte compadre pa que aprendan los payos, como en un remake del Plácido berlanguiano, con conexión en directo de la TVE de Mariló Montero, a quien, entre clichés casposos para dárselas de campechana, sólo le faltó que se le escapara la sentencia con la que la rica estirada pone el bordón a la película del maestro: «todos los desgraciados son iguales». Y vaya que si lo somos, que no nos arregla ni la lotería de los pobres, ni el Gordo de Manso en Boñar, donde en 26 años ha tocado dos veces para intentar equilibrar los cierres de industrias, la falta de alternativas de desarrollo y el abandono institucional más absoluto al que han condenado a la zona a ver si muere por inanición, aunque se van a joder mientras haya gente que nade contracorriente aquí, donde más corre el agua; verdad, Conchi. Esta Navidad ya la hemos vivido. ¿No te acuerdas?

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