Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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S erpentean por el Páramo los coches procedentes de algo más de la mitad occidental de la provincia, que es con mucho la banda más poblada de este territorio dormitante, sumido en el ensueño de un medievo perenne, y de repente se precipitan en el embudo (aquí un inciso sobre nuestro paisaje: atravesando las llanuras del Danubio húngaro, todo maizales y álamo, en viaje universitario de fin de curso, un gallego iba diciendo en el autobús ‘como me suena todo esto... se parece, se parece’, ‘¡a León!’, probé yo. ‘¡Eso!’, saltó él. ‘Carallo, son dos países igualiños...’, reflexionaba).

En fin, al suco : decía que la caravana de utilitarios desemboca en el alfoz en busca del pisín de cinco días semanales, del centro comercial o de la clínica, y en su mayor parte y de pronto se aperruñan todos en ese desfiladero de ladrillo que es la calle principal de Trobajo, cazurrina y modesta área metropolitana, venga semáforos y callejuelas, y uno se vuelve a preguntar, entre frenazo y frenazo, por qué la ronda se interrumpe después de los Hospitales y no enlaza con Eras, San Andrés y La Virgen, dando servicio a los menos y atollando a los más. Dejando sin salida y rodeo a algunas de las áreas más dinámicas de la cuenca capitalina. Sugieren que el cinturón lógico y cabal se detiene en ese lugar porque justamente a continuación quedó plantado el chalé de un empresario de mucho renombre y no era cuestión de que el asfalto y la plebe le pisaran el césped, y yo me lo creo a pies juntillas conociendo cómo funciona una población que crece o mengua a base de intereses particulares y tocomochos y no de búsqueda del bien común. En la que los edificios caen al suelo como bostas de vaca y nadie parece tener en cuenta volúmenes, estéticas, materiales o utilidades. En la que el patrimonio boquea entre el hormigón y el aluminio y las normas y los planes (y el puro sentido común) se pasan por el arco de Puerta Castillo.

En esta ciudad dislocada y absurda se pierde el tiempo y quizá hasta vidas a fuerza de egoísmos y ambiciones. Pediría a los Reyes o a la Vieja’l Monte algo de racionalidad para ella pero mucho me temo que te seguiré rondando, moreno.

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