LA GAVETA
Leopoldianas
L eopoldo Panero (1909-1962) hace muchos años que cayó en un olvido raro, en un olvido que es memoria a un tiempo. Memoria al revés, manipulación que ha difuminado al lírico de Astorga. Y es bien sabido que el abandono en que empezó a caer Panero poco después de su muerte, fue muy reforzado por dos célebres películas. Donde hablaban e ironizaban a calzón quitado los hijos y la viuda del poeta. No precisamente para ensalzarlo.
El gran escritor leonés quedó sumergido. Solo en los últimos años, y a partir de la imprescindible y costosa empresa de la publicación de toda su obra, ha empezado a volver a una cierta normalidad. Sus libros ya están ahí, llevan poesía de gran calidad. Y lo que importa en un creador es su obra; lo demás es secundario. Quevedo fue un personaje de muchísimo cuidado, pero eso no le arrebata la condición de ser el escritor que más prodigiosamente manejó el idioma español. Y ahí sigue, en lo más alto del podio.
Bajo el ruido mediático de las películas, bajo las autodestructivas trayectorias de sus hijos, bajo el doloroso derrumbe de la casa y la familia, nos olvidamos de los poemas de Panero. Muchos fueron escritos cuando sus hijos no habían nacido o eran niños. Y parte de ellos brotaron en Castrillo de las Piedras, donde encinar y vega se funden; paisaje eterno de León. Porque León no solo son montañas y Bierzo, nieve y trigales. También es esa fusión verde y fluvial que sucede en tantos valles llanos del sur de la provincia. En cuya ribera ha nacido otro gran poeta raigal, Antonio Colinas.
Un ramo de versos de Leopoldo Panero ha sido seleccionado por María José Cordero, que es música, compositora y cantante. Asturicense de La Habana y gran experta del legado melódico sefardí, ella también es profesora del conservatorio de Ponferrada, que dirigió durante varios años. María José con su hondura y talento le ha dado vuelo musical al mundo lírico de Panero. Ha puesto emoción y pájaros del Caribe sobre la mies maragata del poeta que fue amigo de Luis Cernuda. El resultado es el doble encanto y la doble profundidad del verso al unirse a la magia y armonía de la música.
Los versos de Panero renacen. Suenan ahora actuales, también con su aura telúrica, machadiana a veces. El decir de Panero, el sincero latido que nutre su obra, es ahora más cercano y transparente, sin dejar de ser misterioso. Escuchar esos poemas en la voz de María José es un pórtico para leerle más, mucho más. Para abrazarlo al fin, después de tantos años y leguas.
Leopoldo Panero fue un poeta hondo; lo que sintió y escribió sigue vivo, nos enriquece. Nos evoca un mundo, nos lleva a algo que hemos experimentado alguna vez, hace mucho o hace poco. La poesía es intemporal, la dulce música de María José también lo es. Se juntan en «Leopoldianas», este barco de palabras y notas que acaba de salir a navegar.