Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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T uve que hacer memoria el otro día para recordar el último velatorio al que había asistido en una casa familiar, un velorio con el duelo y el féretro en la salita, con el ir y venir de la gente del pueblo a condolerse o a fisgar... y en este caso, con caldo en la lumbre para desentumecer al forastero que llegara, porque ese día, en Villaoliva de la Peña, por cima de Guardo, la nieve daba por la rodilla.

Era el velatorio de Claudia, la abuela paterna de Susana (y de toda la región leonesa y castellana, pues iba camino de cumplir los 111 años).

Moría en la misma casa que vivió toda su vida... y aunque aquellas cuadras y corrales llevan mudos un tiempo, allí siguió su trajín, su huerto, sus gallinas, su cocina baja... y la leña en la hornilla rezando brasas todo el año... eso sí, leyendo alguna cosa y burlando de vez en cuando partiditas a la brisca para no perder maña en la trampa pícara.

La hebra de Claudia parecía hecha de bilorta retorcida y sólo conoció el hospital cuando se rompió la cadera hace seis años... le horrorizó tanto pasar tres días fuera de casa, que por no volver a ese lugar en cuyas camas muere hoy la gente, se juró quizá no salir ya jamás de Villaoliva, de su norma, su rutina, su sitio, añorando el viejo afán y los trabajos que fueron la fragua de su vitalidad curtiendo el pellejo y el alma, pues superó incluso la cuchillada de hielo que es para una madre ver morir un hijo... y ella había enterrado a seis, seis puñales en el corazón como las vírgenes de la Sexta Angustia.

Así que tenía ganado el privilegio de morir en su cama, en familia, a media tarde, como si nada, acuéstame un poco, Tiva, y así se fue sin más quebranto ni agonía, tranquilamente... gran privilegio... después, la misa de funeral tuvo apretada concurrencia, armonium con coro de paisanas que dieron el do de pecho, cura con homilía escrita y un cortejo de todos los asistentes que la acompañó hasta el cementerio en las afueras, entre la nieve, entrañable entierro de pueblo... y viendo a tanta gente y familia junta, seguro que Claudia lamentó haberles hecho venir (era su norma) y que ya cursó ruego a la autoridad divina: Dailes, Señor, la buena muerte que a mí... y esta suerte .

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