Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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P uesto que aún conservo cierto apego hacia las formas civilizadas de expresión, debo decir que la querencia universal hacia los teléfonos móviles, el virus generalizado de la movilmanía, me resulta más difícil de descifrar que la ecuación de la croqueta. La dictadura asfixiante y desagradablemente sonora de tan insustancial maquinita, símbolo por excelencia del totalitarismo digital, parece aliada con los poderes infernales hasta el punto de haberse convertido, siempre en mi opinión, en la gran plaga de nuestro tiempo por su innoble proceder. Estamos ante una pesadilla que se muerde la cola, o como se diga, capaz de multiplicar hasta el infinito el letal síndrome del lenguaraz, cuya charlatanería insustancial y pública terminará por imponerse como la banda sonora de nuestras vidas. Me refiero a esa grosera desenvoltura con que nos hacen partícipes de sus avatares personales ciertas personas que no te importan en absoluto, convertidas en un rodillo de fatua e insultante prepotencia hablada.

En España se ha declarado en huelga el sentido común, hasta el punto de que es menester mucho Dios para soportar semejante cáliz. Por el bien del decoro colectivo, es preciso acotar tales comportamientos maníacos que incluyen, en su protocolo, la consulta del telefonino cada dos minutos o el hacerse fotos gamberreando por las esquinas para subirlas luego, a modo de estulto tesoro, a las redes sociales. Los jóvenes están especialmente deslumbrados por los miasmas malsanos y el falso esplendor del aparataje de última generación, que les esclaviza con fervor y ahínco en un comportamiento rayano en la ignominia. Pues no, no y no. Necesitamos una sublevación civil que nos lleve de vuelta a los libros, la charla culta y los placeres más básicos de la vida, dejando de lado abusos tan ultrajantes. Que el Señor ponga fin a nuestro tormento.

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