Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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T ermina el carnaval y comienza la mascarada. Culminan los antruejos donde el protagonista ha sido el pueblo libre, soberano y disparatado (y si no, señores, no fue verdadero antruido) y da inicio la bufonada política con cabalgata de personajes embozados bajo disfraz de borrego o de catedrático o de superhéroe. Arranca el desfile. Ya se empieza a sentir la música.

A la cabeza va el Gran Jurru con su vara de mando y su retranca noroccidental, barbado, grave y silencioso en alto trono, y rodeado de una popular corte de castrones que no se sabe muy bien si lo sirven o lo conjuran. Una banda polícroma y cornuda cuyo único horizonte es defender las almenas del castillo, la sagrada plaza de armas, así que prenden fuegos por todas partes y se dedican a pinchar con tenazas y meterle miedo a la vecindad: «¡Cuidao con los otros!, ¡cuidao con los otros!», van bramando.

Poco después caminan los guirrios socialistas en apretado y alegre revoltijo, cada cual con su particular divisa y su blasón; parlotean y se encisnan unos a otros, y la madama andaluza alza el mentón altiva frente al torero madrileño, que la requiere de amores, y bailan el juego de las sillas y alguno, poco avisado, acaba cayendo patas arriba.

Los monjes que les siguen por la izquierda se pasean serios y como inmaculados, rezando jaculatorias y oreando inciensos, con misales en las manos, el Inquisidor entre ellos, pero bajo los capuces capuchinos echan ojeadas temerosas a los que corren casi a su lado, mezclándose con ellos e incluso sobrepasándolos: son los zamarrones podemistas, banda temible, coletas de pelo de lobo al viento y en las manos, gruesas vejigas infladas con las que atizan inmisericordes a todo aquel que pillan por banda: toman al asalto la cabalgata rodeando a la santa Gomia con su guadaña y su portamonedas y causan el alborozo o el pánico, según y a quién.

Las últimas charangas las integran los arlequines riveristas, sonrientes pero pálidos, con una lágrima pintada en la mejilla, y los seguidores del ibis rosa, egipcios hieráticos que se esfuerzan en elevar una pirámide imposible. Farsa y pantomima, antifaz y maquillaje; decidan su comparsa. Aunque al final, como siempre, el objetivo sea enterrarnos la sardina.

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