Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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U n reportaje de Ana Gaitero en el periódico del domingo rescata los episodios provinciales de octubre de 1934, contrastando el trámite sobreseído de su investigación militar con el alegato de Félix Gordón Ordás. La huelga revolucionaria prendió en las cuencas mineras, sobre todo en Laciana y Fabero, pero fracasó en su intento de extenderse a la capital, que permaneció una semana sin periódicos, y de controlar el aeródromo de La Virgen del Camino. La revuelta exasperó a sectores hasta entonces templados y provocó una respuesta brutal y desmedida. Un año más tarde, el ministro Gil Robles ya no oculta su simpatía por los fascismos europeos ni la pretensión de «aplastar a la República, aunque tenga que correr la sangre». La saña de los apaleamientos sumará media docena más de muertos en la provincia durante aquel otoño sangriento. Tales excesos darán pie a una ruidosa campaña parlamentaria, en la que Gordón Ordás denuncia los atropellos cometidos en León, Asturias y Palencia.

Con algún ejemplo revelador, como la tortura padecida por el empresario republicano José María Suárez Valgrande, dueño del hotel de Pajares y padre de un futuro alcalde de León y de un vicepresidente del último gobierno de Franco. Fue traído a la ciudad agonizante, después de su interrogatorio en los cuarteles del valle de Gordón. Moriría un cuarto de siglo más tarde, en uno de los accidentes de tráfico más impactantes del incipiente automovilismo provincial. El vehículo que conducía chocó de frente, cerca de Medina de Rioseco, con el que manejaba el dentista de la ciudad Miguel Álvarez. Fue por Reyes de 1960 y aquella colisión brutal dejó un saldo de varios muertos.

Un episodio ocurrido en Bembibre, donde ardió la vieja sinagoga convertida en iglesia de San Pedro, salvando de la quema únicamente un Sagrado Corazón, porque llevaba túnica roja, resume la virulencia de aquel octubre en las cuencas mineras. Por si no quedaba claro, los incendiarios le colocaron bajo de las barbas un cartel con leyenda: «Cristo rojo, te respetamos por ser de los nuestros». Aquel ruidoso incidente tuvo un testigo de excepción en el fotógrafo Bernardo Alonso Villarejo, luego silenciado por los heraldos de la furia. Publicó su relato en la revista Estampa el periodista Javier Sánchez Ocaña, con quien había coincidido como estudiante en Madrid. Aquella convulsión inspiró décadas después la novela Lobos, perros y corderos , de José Luis Martín Descalzo, que había conocido sus pormenores de crueldad por confidencia de compañeros del valle en el seminario de Astorga. Otros escenarios de aquel otoño en la provincia sostienen novelas de más empeño, como Historia de una maestra , de Josefina Aldecoa, y Los jinetes del alba , de Jesús Fernández Santos.

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