FUERADE JUEGO
El síndrome del ‘orejas’
P arece imprescindible antes de nada precisar que el asunto en cuestión nada tiene que ver con el presidente de la Diputación —cuyo apellido a buen seguro que algún dolor de cabeza le ha dado conocido este país cainita— y que llegó al cargo sin esperarlo y probablemente sin desearlo, incluso a sabiendas de que le habían puesto la fecha de caducidad —por si las moscas— antes de salir de fábrica.
Lo del ‘orejas’ viene a cuento de los que se pasan años y años a la espera del cargo. Aguardando —incluso literalmente en el caso inglés— a que se muera mamá para acceder a la corona. Aunque por aquello de las fechas de caducidad, al singular heredero británico no le ha quedado más remedio que echarse a un lado porque está claro, clarísimo, que nadie quiere que acceda a la corona.
Por estas tierras a unos cuantos les han crecido estos días un poco más las ‘orejas’ al presenciar y tener que aplaudir la continuidad de ese que durante tres años y nueve meses no para de reiterar que está cansado y aburrido del cargo y que quiere irse a casa —o a otros sueños que no terminan de llegar— pero al que de nuevo —en cuanto la convocatoria electoral pide cita previa en el BOE— le llega la ilusión y se colma de ganas de luchar por estas tierras...
Pocas desautorizaciones se han presenciado en política tan claras como la de esta precampaña con esta continuidad de Herrera. Parece que la lista de herederos se ha ido por el desagüe y que, aunque existan pactos y calendarios y demás negocios, la cruda realidad es que tanto Madrid como Valladolid han puesto en claro que no son aptos para encabezar la tan soñada candidatura autonómica. Así de sencillo.
Quizás Herrera tenga bastante culpa al no haberse rodeado de gente capaz de asumir en su momento ese relevo —que él mismo permite que se aliente como su gran deseo—. Probablemente sea cierto que ha llegado esa generación de profesionales de la política desde muy jóvenes, que son capaces de cualquier cosa por retener el cargo, pero a los que él desautoriza automáticamente con su continuidad aunque los convalide en las listas para evitar males mayores. Hacen creíble lo de la casta, porque con esas tragaderas que tienen les da igual el salchichón entero que en rodajas. Son la generación Belén Esteban de la política: por el cargo matan...